Bajo el azur ingrávido, de azabache y de frío,
donde el tiempo se rinde ante el mudo vacío,
me yergo, pequeña brizna de carne y de miedo,
buscando en la altura un amparo, un denuedo.
Más la esfera de sombras, de orbicular espanto,
no responde al sollozo, ni atiende mi llanto.
¡Oh, silencio absoluto! ¡Sudario de estrellas!
Que devoras los mundos y borras sus huellas.
No es la muerte el espectro que hiela mi sangre,
sino el hueco infinito, su eterna rapiña y hambre,
ese ciego bostezo de la nada impasible,
donde el alma se pierde en lo incomprensible.
¿Qué es el hombre, me digo, en la negra corriente?
Un átomo errante, un suspiro latente,
alguien, lo sintió en su fiebre y su abismo,
el pavor de mirarse y no hallar más que el sismo.
Un espacio sin bordes, sin centro, sin eco,
donde el grito del sabio suena estéril y hueco,
y las galaxias son ojos de un Dios que ha partido,
pupilas de hielo sobre un mar de olvido.
Soy el junco que piensa, más el viento es eterno,
y el vacío es un trono de un gélido invierno.
¡Qué pavorosa angustia, qué fúnebre suerte,
ser un punto de luz en la paz de la muerte!
Atrapado en la escala de lo inmenso y lo nulo,
mi razón se desboca, mi orgullo anulo,
pues ante el mudo abismo del cosmos silente,
solo queda el horror de saberse presente.
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Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 30 de abril de 2026 a las 15:50
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 10
- Usuarios favoritos de este poema: CARMEN DIEZ TORÍO, Mauro Enrique Lopez Z., Salvador Santoyo Sánchez, Antonio Pais

Offline)
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