Un andén vacio

Vale Moran

Un andén vacío.
Una señora sentada en el único banco limpio.
Más adelante, alguien enciende un pucho y deja que el humo dibuje pensamientos en el aire.
Un estudiante hace equilibrio sobre la línea amarilla, como si ese hilo fino fuera lo único que lo separa de caer en lo que piensa, en quien piensa.
Y yo… suspiro.
Pienso en la cantidad de historias que habitan los andenes, las estaciones. En todo lo que empieza y en todo lo que termina sin avisar. En lo que queda suspendido entre un tren que llega y otro que se va.
Me recuerdo a mí misma, yéndome de mi ciudad hacia una jungla desconocida, con más sueños que certezas. Con un puñado de amor en el bolsillo y la mano firme de mi mejor amiga como única garantía. No pensábamos en lo que podía salir mal. Nadie nos esperaba del otro lado, y aun así fuimos.
La lluvia marcaba el ritmo de nuestra soledad, como si alguien hubiera diseñado la escena con precisión: dos cuerpos pequeños bajo un cielo inmenso, intentando no perderse. Pero las ganas de llegar, de ser, de conquistar algo propio… hacían que todo doliera un poco menos.
Pienso en las despedidas. En cómo siempre están sostenidas por esa ilusión frágil del “otra vez”.
¿Otra vez voy a verte?
¿O el olvido va a hacer su trabajo silencioso?
Hubo un tiempo en que los trenes traían noticias escritas a mano. Cartas que cruzaban distancias, que latían en sobres cerrados, y alguien esperaba. Siempre alguien esperaba.
Ahora estoy sentada en este andén y miro caras.
Caras que son historias posibles.
Caras que llevan despedidas recientes o encuentros por venir.
Caras que, como la mía, cargan algo que no se dice.
Respiro.
Me levanto.
Bajo en la próxima.
El tren sigue.
Las historias también.
Y quiero creer —todavía— que los sueños no se quedan en ninguna

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Comentarios +

Comentarios2

  • Lualpri

    Que bonita historia!
    Muy buena.

    Gracias por compartirla.

    Ten un buen día.

  • Daniel Omar Cignacco

    bellas letras.



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