Preludio

Ignacia.

No lo hallaron.
Pero por la noche un aullido llegó a la puerta de rana.

Fue hasta la entrada con las patas temblorosas.
El perro, con sus ojos de cachorro, la esperaba.

No hay nada aquí dentro. Dijo rana.

No importa, ya lo encontraremos. Dijo perro.

Se quedaron hasta que oscureció.

Entre los escondites y el musgo que crecía en las patas de las sillas.

Un suspiro y rana lo supo, al girarse.

El perro siempre había estado ahí.
Podía verla incluso al cerrar los ojos.

 

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