LO QUE MAS AMABA

Poesía en llamas


AVISO DE AUSENCIA DE Poesía en llamas
Mi motivación actual es desconectar de internet, hacer otras cosas, vivir, conectar con un buen libro, sin dejar del todo la esencia de mis letras, por ese motivo permanezco más ausente, ocupándome más de mí y de mi familia

 

LO QUE MÁS AMABA

 

La vida había sido un regalo.

 

Martín Valcárcel aprendió a escuchar el barro como otros escuchan la música. Sus manos no trabajaban: interpretaban. Modelaba figuras buscando algo que no sabía explicar, una forma que no fuera solo cuerpo, sino también memoria.

Se apoyaba en los grandes  
—Pigmalión, Rodin, Giacometti— como quien busca respuestas en voces ajenas. Pero ninguna le pertenecía del todo.

Hasta que empezó a perder la vista.

Primero fueron sombras.

Luego manchas.

Después, nada.

Y aun así siguió trabajando.

Había una escultura que no mostraba a nadie.

La tocaba en silencio. La deshacía, la corregía, la reconstruía como si ya la conociera.

—Es la única que importa.

Nada más.

Murió con las manos manchadas de barro.

Dejó una sola instrucción: aquella escultura no debía quedarse en casa. Fue donada a un centro para personas ciegas.

El resto, como si no importara, pasó a su hijo.

EL HIJO

Daniel no entendía.

No era la herencia lo que le inquietaba, sino la ausencia.

¿Por qué esa obra no era suya?

Fue a buscarla semanas después.

No por curiosidad.

Por algo que no sabía entender.

EL ENCUENTRO

El centro olía distinto. Más lento.

Allí conoció a Elena.

Había algo en ella que no encajaba con la lógica del momento.

No era atracción evidente ni pura simpatía.

Era otra cosa.

Como si su presencia no fuera nueva.

—Su padre dejó algo difícil de explicar —dijo ella.

—¿Lo conocía?

—No, respondió ella demasiado rápido.

Lo llevó hasta una sala blanca.

—Aquí.

Daniel dio un paso.

Y dejó de moverse.

No era una escultura.

Era un recuerdo.

Se reconoció al instante.

No idealizado. No mejorado.

Él.

Y frente a él…

Elena.

Daniel sintió cómo algo se descolocaba por dentro.

—Esto es imposible.

Ella no respondió.

Se acercó más.

Y entonces lo vio.

Entre ambos cuerpos había una tercera forma.

Pequeña.

Inacabada.

Como si alguien hubiera empezado algo… y no hubiera llegado a tiempo.

—¿Qué es esto?

Elena apoyó los dedos sobre el barro.

No parecía sorprendida.

—No es una figura —dijo en voz baja—. Es una decisión.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué decisión?

Elena levantó la mirada hacia él.

Y por primera vez, no apartó los ojos.

—La de no estar solo.

El silencio se quedó entre los dos.

Daniel volvió a mirar la escultura.

A él.

A ella.

Y a aquello que aún no existía.

Entonces lo entendió.

Sin palabras.

Su padre no había esculpido lo que veía…

sino aquello que más amaba.



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Comentarios +

Comentarios1

  • El Hombre de la Rosa

    El escribir lo que dicta la inteligencia creativa es la puerta del entendimiento que la pluma plasma uniendo las letras estimado Jordi
    Saludos afectuosos desde el Norte de España
    El Hombre de la Rosa

    • Poesía en llamas

      Muchas gracias Hombre de la Rosa por tu tiempo y leer este cuento me gusta inspirarme en historias cortas, con giros inesperados y sobre todo que tengan un cierto sentimiento, pero cuestan mucho llevarlas a cabo, no es nada fácil. Por ello gracias.



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