El altar, el escaparate

Leoness

Ya no hay silencio tras el velo,

ni el rastro humilde de la rodilla en tierra;

el incienso que hoy asciende al cielo

es un humo artificial de luz y guerra.

 

La fe, que antes buscaba lo invisible,

se ha vuelto un objeto tangible y expuesto,

un inventario de lo que es admisible

en el guión sagrado de este gran puesto.

 

El ego es un actor de mil edades,

un camaleón que al tiempo se acomoda,

cambió las celdas por las vanidades

y la vieja oración por la gran moda.

 

Ayer, la túnica de lino y de cilicio,
buscando en el templo el favor divino,

hoy, el filtro, el perfil y el artificio,
buscando el aplauso en el ciego camino.

 

No importa si el alma por dentro está seca

mientras el gesto parezca profundo;

la devoción es hoy una mueca

diseñada para el consumo del mundo.

 

¿A quién le hablas en tu íntimo retiro?,

¿a la sombra de Dios o al ojo ajeno?,

si el rezo solo nace tras el suspiro

de ver tu nombre en el altar pleno.

 

Cambia la máscara, el rito y el lenguaje,

pero el hambre de gloria sigue intacta,

buscamos el cielo como un maquillaje,

una herencia de fe que ya no es exacta.

 

Porque el ego no quiere la luz de la esfera,

ni el abrazo callado que el espíritu siente,

quiere que el mundo, desde fuera,

lo mire ser santo... aunque le mienta a la mente.

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