En la sala tres
—flores mustias, olor a desinfectante y un tiempo detenido—
te besé.
Y supe lo que es el frío de verdad.
No el del invierno,
no el de la ausencia.
El otro.
El que tiene forma de ataúd cerrado,
el que tiene madera de caoba oscura,
el que tiene un cristal de féretro
que no es un muro, sino un espejo
devolviéndome mi propio beso huérfano.
Te besé a través del vidrio,
como si mi calor fuera una ofensa,
como si mis labios pudieran perforar
el forro de raso, el barniz sellado,
la muerte entera que nos pusieron en medio.
Apreté la cara contra la tapa
hasta que el cristal se empañó de mí.
Fue un rastro tibio sobre tu descanso,
una invasión de vida en tu territorio gélido.
Pero el frío no cedió.
No cedió porque el frío eras tú,
ya sordo para siempre,
ya al otro lado de todo.
Y entendí entonces
que hay besos que no son para el otro.
Son para uno mismo.
Para decirse: estuve aquí.
Me rompí contra este vidrio que no oye.
Te toqué como se toca lo irremediable.
No me fui sin dejar mi aliento,
esa firma breve y condenada a borrarse,
empañada sobre la permanencia de tu muerte.
Antonio Portillo Spinola ©️
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 27 de abril de 2026 a las 06:07
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: SienaR, Mauro Enrique Lopez Z., Daniel Omar Cignacco

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.