EL FRÍO

Antonio Portillo



 

​En la sala tres

—flores mustias, olor a desinfectante y un tiempo detenido—

te besé.

Y supe lo que es el frío de verdad.

​No el del invierno,

no el de la ausencia.

El otro.

El que tiene forma de ataúd cerrado,

el que tiene madera de caoba oscura,

el que tiene un cristal de féretro

que no es un muro, sino un espejo

devolviéndome mi propio beso huérfano.

​Te besé a través del vidrio,

como si mi calor fuera una ofensa,

como si mis labios pudieran perforar

el forro de raso, el barniz sellado,

la muerte entera que nos pusieron en medio.

​Apreté la cara contra la tapa

hasta que el cristal se empañó de mí.

Fue un rastro tibio sobre tu descanso,

una invasión de vida en tu territorio gélido.

Pero el frío no cedió.

No cedió porque el frío eras tú,

ya sordo para siempre,

ya al otro lado de todo.

​Y entendí entonces

que hay besos que no son para el otro.

Son para uno mismo.

Para decirse: estuve aquí.

Me rompí contra este vidrio que no oye.

Te toqué como se toca lo irremediable.

​No me fui sin dejar mi aliento,

esa firma breve y condenada a borrarse,

empañada sobre la permanencia de tu muerte.

Antonio Portillo Spinola ©️

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