Te quise con el alma, es mi certeza,
mas no bajo la ley que tú esperabas;
fueron mis sombras, de las tuyas, esclavas,
perdiendo en su penumbra la entereza.
Perdona si en mi pecho la tibieza
no alzó la hoguera en que tu fe ardía;
si entre las rimas que en mi voz nacían
faltó el fulgor de eterna firmeza.
No habitó en mi piel tu ardient llama,
ni el rastro fiel del roce o la caricia;
mi juventud, en trazo pobre y vano,
no supo alzar del alma la delicia.
Te herí —sin ver—, y en ciega y torpe trama
erré la ley más honda de justicia:
que amar no es sólo dádiva y presencia,
sino también la herida de la ausencia.
Perdona que en mi ayer no comprendiera
la música secreta que te alzaba,
cuando en la voz de William Shakespeare se encendiera
la luz que mi ignorancia no alcanzaba.
Ante el lienzo mutante de Pablo Picasso,
desplegabas su genio y su figura,
mientras mi mente, ave sin destino,
buscaba el sol en otra arquitectura.
Al Cristo de Miguel de Unamuno invocabas,
buscando en mí un eco que no era;
jamás hallaste en mi razón austera
reflejo fiel del mundo que soñabas.
Quisiste encauzar luz en mis desvíos,
mas otros eran ya mis extravíos…
y hoy sé la paz de aquel madero santo
que tú leías con devoto llanto.
Cuando el milagro de nuestra hija
brilló en tus ojos con aurora plena,
yo desvié mi rostro, ajena y fría,
hacia una meta estéril y sin pena.
Y al pronunciar mi voz la ruptura,
dijiste: “Sé libre, sigue tu alborada”.
Perdona que a tu noble compostura
respondiera mi juventud alzada.
Fuiste la sombra fiel en mis andanzas,
el paño leve que el dolor ceñía
cuando el amor burló mis esperanzas
y en su delirio el alma se perdía.
Guardaste en ti mis rotas añoranzas,
sin alardear del peso que traía;
por ese amor callado y sin sentencia,
hoy me inclino ante tu alta clemencia.
En mi otra unión, de forma contenida,
me diste un bien tan digno como herido:
un gesto fiel, sin voz, sin alma henchida,
que no supe leer en su latido.
Y en la jornada en que la vida erguida
alzaba a nuestra hija en su destino,
dijiste: “¡Cuánto las quiero!”, y tu alegría
era un susurro herido en el camino.
Llegó su boda, y luego nuevas ramas
brotaron dulces del antiguo nido;
y tú, constante en fe, sin hacer llamas,
guardabas luz en todo lo vivido.
Yo, sin embargo, lejos de tu llama,
seguía el rastro de un amor perdido,
sin ver que en sombra lenta se extinguía
la historia que en tu pecho aún ardía.
Al fin, serena ya mi errante vida,
tracé tres mil millas de ausencia helada,
mientras tú, en soledad nunca elegida,
tejías voz en páginas calladas.
Pasaron años, y en la voz vencida
decías: “¿Cómo estás?”, casi en la nada.
—Escribo ahora —respondí—, libros y versos…
“Siempre supe”, dijiste, “que podrías hacerlo”.
“Quisiera darte un don”, dijiste luego,
“¿acaso es justo aún lo que propongo?”
“Que así sea”, respondí, sin ver el ruego
que abría en ti un perdón callado y hondo.
“Espéralo en tu umbral”… y en breve entrega
llegó el cajón —tu alma en cada hoja—,
y en cada página, como quien ruega,
mi historia viva en lágrimas se arroja.
Los leí en duelo, el pulso estremecido,
mientras caía en mí la amarga herida:
habías puesto en cada verso herido
la exacta sombra de mi propia vida.
Mas ni aun entonces, ciega en mi extravío,
supe leer la noche que te hería;
seguí buscando en otro amor tardío
la luz que en ti, sin ruido, fenecía.
Perdona que ese lazo ajeno y frío
me atara lejos de tu compañía,
sin ver que en tu morir, lento y callado,
mi nombre era silencio derramado.
Hoy se apagó tu luz, poeta herido,
con mi recuerdo aún sobre tu abrazo;
mas si alcanzas oírme en lo infinito,
donde se rinde el tiempo en su regazo,
escucha este latir, triste y contrito,
que desde el fondo oscuro alza su lazo:
Perdóname…
Perdóname…
Perdóname,
cielo mío.
Descansa en paz.
Y si más allá, en la luz sin nombre,
nos llama el pulso eterno de la estrella,
y tu mano se alzara ante lo inmenso
buscando en mí la última centella,
intentaré alcanzarte en lo suspenso
de alguna esfera donde el alma sella,
para que al fin, en danza de universos,
rocen sus lumbres nuestros dedos… y estos versos.
Gracias por haber estado.
—Lourdes Tarrats
Abril 26, 2026
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Autor:
LOURDES TARRATS (
Offline) - Publicado: 27 de abril de 2026 a las 05:16
- Comentario del autor sobre el poema: Queridos amigos, si alguna vez el alma, en su más honda penumbra, ha sabido hablar sin voz, es en estos versos se encuentra el eco. No buscan ellos la vana lisonja del aplauso, sino el temblor secreto de lo vivido, la herida que el tiempo no clausura y la memoria que, aun doliente, persevera. Les presento esta humilde ofrenda de palabras, donde el amor y la culpa, la ausencia y el perdón, tejen en silencio la oscura y luminosa verdad del corazón humano. Gracias por leer. Les quiero.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3

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