La tristeza del hombre, era inmensa. Su hija; una chica de 20 años, se tambaleaba con la mirada perdida, bajo el dintel.
La llevó a su recámara. Le ayudó a tenderse en su cama. Sus ojos de padre se empañaron. Cuántas imágenes pasaron ante él. Cuál de todas más hermosa. Su pequeña, riéndo, corriendo, jugando...
Ya repuesto, secó sus lágrimas y se dirigió, llave en mano, a su viejo carro.
Más tarde, avanzada la noche, se estacionaba en la avenida central de la ciudad. Un cigarrillo le ayudaría a pasar el momento. Aunque ni bien lo encendió, un flamante automóvil se estacionaba a poca distancia. Dos tipos bajaron de él y entraron al monumental edificio. El hombre bajó del coche y echó a andar.
En el departamento, los individuos charlaban animadamente, e intercambiaban maletines. Uno de ellos perdió abruptamente la risa.
Pero ya era tarde para sacar cuentas. El hombre del viejo carro apuntaba con una calibre 38.
—Lo siento. Las puertas no son rival para mí.
—Qué pasa. Quién eres.
—No importa quién soy. Al suelo — la voz del desconocido era fría, exenta de temor.
—Ah! Un maldito asaltante.
—Un movimiento que no he pedido, y disparo.
Los hombres obedecieron. Nada podían hacer ante un 38 listo para pronunciarse.
Cigarrillo en boca, desarmó a los caballeros y abrió los maletines. Uno contenía gran cantidad de dinero, el otro... droga.
Procedió a atarlos de manos y pies. Luego los agarró y sentó.
Demás está decir que los tipos estaban jurando darle la más horrenda muerte. No dejarían piedra sin mover para dar con su paradero. Pero dichos juramentos fueron interrumpidos por el extraño que, acercando una silla se sentó frente a ellos.
—Tienen alguna idea de cuánta gente han matado?
Alguna idea, de cuántas familias han destruido, mientras ustedes van de placer en placer?
Alguna idea del veneno que reparten sin que tengan el más mínimo cargo de conciencia?
Los hombres estaban a años luz del valor de estas palabras. Sólo deseaban salir de esta.
—Bien — dijo el desconocido. Y tirando el cigarro sin importar donde cayera, tomó un puñado de droga y se acercó a uno de ellos agarrándolo del pelo.
—Abre la boca.
Los ojos del tipo pedían piedad.
—¡Abre la boca! — presionó sin miramientos. Sin poder resistirse, este abrió la boca y enseguida fue taponeada de droga; la que ingresó rápidamente a su organismo. Los efectos... fueron mortales.
Los otros corrieron la misma suerte.
Al día siguiente los noticieros hablaban de un cruel asesino.
Iván
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Autor:
Iván (
Offline) - Publicado: 27 de abril de 2026 a las 02:31
- Categoría: Sin clasificar
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