Eclipse perpetuo
Me enamoré como el sol de la luna,
sin pedir permiso al cielo,
sin negociar con la distancia ni el tiempo,
como quien se lanza al abismo
convencido de que el aire, por amor,
aprende a sostener.
Te miré desde mi fuego eterno,
y tú, desde tu calma prestada,
brillabas sin saber que eras espejo
de una luz que no te pertenecía,
y aun así te alcanzaba.
Yo, el sol, hecho de llamas y promesas antiguas;
tú, la luna, hecha de silencios y mares interiores.
Dos cuerpos condenados a encontrarse
solo en la mirada de otros mundos.
Y sin embargo, te amé.
Te amé en cada amanecer que te alejaba,
cuando el horizonte nos separaba con cortes suaves,
como si el universo tuviera manos delicadas
para impedirnos el roce.
Te amé en cada noche en que volvías,
incompleta pero hermosa,
como si el cielo te prestara
solo lo suficiente de mí
para no dejarte caer en la oscuridad absoluta.
Dicen que nunca podremos estar juntos,
que nuestras órbitas son pactos sellados,
que el destino escribió nuestra historia
con tinta de imposibilidad.
Pero nadie habla de lo que ocurre
cuando el amor no obedece leyes,
cuando no pide permiso a la física
ni a los mapas del cielo.
Yo te llamo desde el día,
tú me respondes desde la noche,
y en ese diálogo imposible
se sostiene el universo.
He visto imperios arder y nacer estrellas,
he escuchado el ruido de la creación
rompiendo su propio silencio,
y aun así, nada se parece
a este dolor dulce de no tocarte.
Porque no eres mía,
ni yo soy tuyo,
pero existimos en la misma herida del firmamento,
en esa grieta donde la luz aprende a extrañar.
A veces imagino
que dejo de ser sol por un instante,
que me apago lo suficiente
para acercarme sin destruirte,
para rozar tu superficie fría
sin convertirla en ceniza.
Pero entonces el universo me recuerda
que soy lo que soy,
y tú eres lo que eres,
y que el amor, incluso el más puro,
no siempre viene con la bendición del encuentro.
Y aun así, te elijo.
Te elijo en cada eclipse que nos permite mentirle al tiempo,
en cada sombra donde parecemos uno solo,
en cada segundo en que el mundo cree
que por fin nos hemos tocado.
Pero cuando el instante termina,
vuelvo a mi fuego,
y tú a tu noche.
Y lo único que queda entre nosotros
es esta distancia sagrada,
este hilo invisible que no se rompe
porque está hecho de lo único que el universo no puede destruir:
la insistencia de amar.
Si alguna vez el cielo se cansara de separarnos,
si alguna ley antigua olvidara su deber,
si el tiempo se distrajera un solo segundo…
tal vez entonces
no seríamos sol y luna,
no seríamos día y noche,
no seríamos imposibles.
Pero quizá,
solo quizá,
dejaríamos de ser eternos.
—Luis Barreda/LAB
Norfolk, Nebraska, EUA
Diciembre, 2003.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 25 de abril de 2026 a las 01:36
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5
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