Crónica de un hombre divorciado

Rafael Parra Barrios

 

 

​La casa, que antes vibraba con las voces de muchos, ahora guarda silencio. En este nuevo hogar, la cocina se ha convertido en mi principal campo de batalla, un territorio lleno de anécdotas donde la derrota y la victoria se miden en el sabor de un plato.

Al principio, el aprendizaje fue torpe: un perico desabrido al que solo le faltaba, nada más ni nada menos, que el sabor de la experiencia, plátanos que se redujeron a cenizas por mi descuido y mi inexperiencia, o el aroma del café evaporándose porque olvidé apagar la hornilla. Recuerdo con una punzada de frustración aquel episodio, el más lamentable de todos, cuando ocho platos se deslizaron de mis manos y terminaron esparcidos en el suelo, rompiéndose en mil pedazos, como una metáfora de mi propia fragilidad. Sin embargo, no me detuve. Con el tiempo, el arroz, los espaguetis, el bistec y las ruedas de pescado han dejado de ser retos para convertirse en pequeños triunfos cotidianos.

 

​Esta incursión en lo doméstico ha sido, sobre todo, un acto de justicia y memoria. Me ha llevado a reconocer el talante desmedido de mi abuela y de mi madre. Ellas, desde el primer rayo de sol hasta la sombra de la noche, "le echaron pichón" a la vida sin pausa, sosteniendo el hogar con una fuerza que solo ahora, en mi propia soledad, alcanzo a comprender en su verdadera magnitud. Ellas no solo cocinaban; edificaban familia. 

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Comentarios +

Comentarios1

  • El Hombre de la Rosa

    Cuando las letras versan de la vida el trovador se extremece de felicidad estimado Rafael
    Saludos desde España
    El Hombre de la Rosa



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