I
A la hora en que el sol sus cortinas levanta,
hace veintiséis años la luz se hizo vida;
bajo el manto de un cielo que reza y que canta,
Dios abrió una puerta por siempre bendita.
Llegaste en el día de la Madre que llora,
la Virgen que el alma con gracia bendijo,
y supe en el acto, desde aquella hora,
que el cielo en la tierra se llama ser hijo.
II
Edgar Alejandro, mi nombre y mi orgullo,
lo llevas con pulcra y sagrada hidalguía;
tu vida ha crecido bajo el tierno arrullo
de una fe que se hizo tu mejor guía.
Hijo noble y constante, de alma sincera,
mi sangre en tus venas hoy cobra sentido;
eres tú mi refugio, mi gran primavera,
el mayor tesoro que Dios me ha cedido.
III
Tu oficio es el arte de dar la sonrisa,
con manos que sanan y alivian el llanto;
mas el mismo cielo que el paso te eriza,
quiso que el dolor te cubriera con su manto.
La sombra acechó tu tiroides un día,
buscando apagar tu brillante sendero;
pero Dios, que es la fuente de toda alegría,
te sacó de la hoguera... ¡vencedor y entero!
IV
Hoy estás de pie, con la frente lavada,
estable y seguro, confiado en el Plan;
la dura batalla por fin fue ganada,
y hoy nuevos sueños sus alas te dan.
No temas al reto ni al tiempo que viene,
que el Alfarero no deja Su obra a mitad;
el mismo que el mundo en Su mano sostiene,
te guarda en el centro de Su voluntad.
V
Junto a tu hermana, Ana Camila querida,
forman el arcoíris que adorna mi hogar;
son ustedes el norte de toda mi vida,
pilares que impiden que pueda encallar.
Hijo y esperanza, hija y consuelo,
unidos tejiendo mi restauración;
son el único mapa que sigo en mi vuelo,
la fuerza que habita en mi oración.
VI
Que el camino al estudio sea puerta abierta,
que tu ciencia crezca en total libertad;
mientras tu alma se mantiene despierta,
buscando la cumbre de la especialidad.
No hay meta imposible para el que ha vencido
al miedo y al frío de la enfermedad;
camina seguro, que no estás perdido,
te asiste la Gracia y la Eternidad.
VII
Siempre te digo, con voz de esperanza,
que los tiempos de Dios son un arte perfecto;
aunque a veces el hombre pierda la balanza,
Su mano nos guía con paso directo.
Lo que ayer fue proceso de miedo y de pena,
hoy es el abono de tu nuevo altar;
no hay carga en el mundo que el Cielo no aligera,
si aprendes, mi hijo, tan solo a confiar.
VIII
Tendrás en mi pecho la roca segura,
mi apoyo constante, mi mano tendida;
en la luz de la gloria o en noche oscura,
seré tu escolta por toda la vida.
Tu padre te mira, te admira y te siente,
como un roble joven que el viento no dobla;
que la fe sea el sello que lleves en la frente,
y el amor de Dios... ¡la única estrofa!
IX
Hoy soy un hombre que vuelve al inicio,
porque ustedes, mis hijos, me dan la razón;
su amor es el bálsamo, el místico oficio,
que ha restaurado mi propio corazón.
Gracias, Alejandro, por ser mi victoria,
por luchar la batalla con tanta fe pura;
estás escribiendo una nueva historia,
con el alma limpia y la mente segura.
X
¡Feliz cumpleaños! Que el Señor te bendiga,
que cumpla en tu paso Su plan de bondad;
mientras mi alma en silencio te siga,
amándote siempre... en total libertad.
Hijo mío, te amo con fuerza infinita,
en el nombre del Padre, del Hijo y de Dios;
¡tu vida es la Gracia que el cielo nos cita,
y mi paz se celebra al oír hoy tu voz!
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Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 21 de abril de 2026 a las 22:55
- Categoría: fecha-especial
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