El milagro del 20 de abril: A mi hijo Edgar Alejandro, en su cumbre 26

El hombre de la orquidea

​I
A la hora en que el sol sus cortinas levanta,
hace veintiséis años la luz se hizo vida;
bajo el manto de un cielo que reza y que canta,
Dios abrió una puerta por siempre bendita.
Llegaste en el día de la Madre que llora,
la Virgen que el alma con gracia bendijo,
y supe en el acto, desde aquella hora,
que el cielo en la tierra se llama ser hijo.
​II
Edgar Alejandro, mi nombre y mi orgullo,
lo llevas con pulcra y sagrada hidalguía;
tu vida ha crecido bajo el tierno arrullo
de una fe que se hizo tu mejor guía.
Hijo noble y constante, de alma sincera,
mi sangre en tus venas hoy cobra sentido;
eres tú mi refugio, mi gran primavera,
el mayor tesoro que Dios me ha cedido.
​III
Tu oficio es el arte de dar la sonrisa,
con manos que sanan y alivian el llanto;
mas el mismo cielo que el paso te eriza,
quiso que el dolor te cubriera con su manto.
La sombra acechó tu tiroides un día,
buscando apagar tu brillante sendero;
pero Dios, que es la fuente de toda alegría,
te sacó de la hoguera... ¡vencedor y entero!
​IV
Hoy estás de pie, con la frente lavada,
estable y seguro, confiado en el Plan;
la dura batalla por fin fue ganada,
y hoy nuevos sueños sus alas te dan.
No temas al reto ni al tiempo que viene,
que el Alfarero no deja Su obra a mitad;
el mismo que el mundo en Su mano sostiene,
te guarda en el centro de Su voluntad.
​V
Junto a tu hermana, Ana Camila querida,
forman el arcoíris que adorna mi hogar;
son ustedes el norte de toda mi vida,
pilares que impiden que pueda encallar.
Hijo y esperanza, hija y consuelo,
unidos tejiendo mi restauración;
son el único mapa que sigo en mi vuelo,
la fuerza que habita en mi oración.
​VI
Que el camino al estudio sea puerta abierta,
que tu ciencia crezca en total libertad;
mientras tu alma se mantiene despierta,
buscando la cumbre de la especialidad.
No hay meta imposible para el que ha vencido
al miedo y al frío de la enfermedad;
camina seguro, que no estás perdido,
te asiste la Gracia y la Eternidad.
​VII
Siempre te digo, con voz de esperanza,
que los tiempos de Dios son un arte perfecto;
aunque a veces el hombre pierda la balanza,
Su mano nos guía con paso directo.
Lo que ayer fue proceso de miedo y de pena,
hoy es el abono de tu nuevo altar;
no hay carga en el mundo que el Cielo no aligera,
si aprendes, mi hijo, tan solo a confiar.
​VIII
Tendrás en mi pecho la roca segura,
mi apoyo constante, mi mano tendida;
en la luz de la gloria o en noche oscura,
seré tu escolta por toda la vida.
Tu padre te mira, te admira y te siente,
como un roble joven que el viento no dobla;
que la fe sea el sello que lleves en la frente,
y el amor de Dios... ¡la única estrofa!
​IX
Hoy soy un hombre que vuelve al inicio,
porque ustedes, mis hijos, me dan la razón;
su amor es el bálsamo, el místico oficio,
que ha restaurado mi propio corazón.
Gracias, Alejandro, por ser mi victoria,
por luchar la batalla con tanta fe pura;
estás escribiendo una nueva historia,
con el alma limpia y la mente segura.
​X
¡Feliz cumpleaños! Que el Señor te bendiga,
que cumpla en tu paso Su plan de bondad;
mientras mi alma en silencio te siga,
amándote siempre... en total libertad.
Hijo mío, te amo con fuerza infinita,
en el nombre del Padre, del Hijo y de Dios;
¡tu vida es la Gracia que el cielo nos cita,
y mi paz se celebra al oír hoy tu voz!

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  • Autor: El hombre de la orquidea (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 21 de abril de 2026 a las 22:55
  • Categoría: fecha-especial
  • Lecturas: 11
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