La Paradoja del Avaro

Luis Barreda Morán

La paradoja del Avaro

En la penumbra del deseo se levanta un templo sin dioses,
hecho de monedas frías y espejos que no devuelven el alma.
Allí habita el que teme al vacío más que a la muerte,
el que confunde el oro con la eternidad
y el ruido del contar con la paz del ser.

Se arrastra el avaro entre cofres invisibles,
con las manos llenas de nada que pesa,
con los ojos secos de tanto vigilar lo que nunca será suyo,
porque todo lo que se posee también posee a quien lo guarda.

Cree construir un refugio contra el destino,
pero levanta solo murallas contra la vida.
Cada moneda es un susurro de miedo,
cada ahorro una oración invertida
que no pide salvación, sino control.

Y sin embargo, el tiempo ríe en silencio.
El tiempo, ese ladrón sin rostro ni sombra,
no negocia con el oro ni respeta la avaricia.
En su paso lento deshace los imperios íntimos
y convierte los tesoros en polvo idéntico a los huesos.

Oh paradoja amarga:
acumular para no perder,
y perderlo todo en el acto de acumular.
Vivir como si la vida fuera almacén,
cuando la vida es tránsito, río sin propiedad.

El avaro no duerme: vigila su nada,
teme que el mundo le arrebate lo que ya lo ha devorado por dentro.
Su corazón es una bóveda sin ventanas,
donde el eco del miedo se disfraza de prudencia.

Pero afuera, la tierra sigue su liturgia antigua:
brota el pan sin dueño, cae la lluvia sin contrato,
el viento no pregunta quién posee los árboles.
Todo fluye, todo se ofrece, todo se pierde para seguir siendo.

Y el hombre que quiso poseerlo todo
descubre, al final del viaje sin viaje,
que nunca sostuvo nada entre sus manos,
excepto el gesto vacío de aferrarse.

Dicen que los sudarios no tienen bolsillos,
y aun así, el avaro llega cargado de llaves inútiles,
puertas que no abren más que al silencio.
Porque lo acumulado no cruza el umbral del último sueño.

La vida, breve como un parpadeo en la oscuridad cósmica,
no pregunta cuánto tienes, sino cuánto dejaste respirar.
No mide la riqueza en oro,
sino en la ligereza del alma que no supo encadenarse.

Y así cae el velo:
lo que fue guardado con celo
era lo único que debía circular.
El pan detenido se vuelve piedra,
el amor retenido se vuelve ausencia.

Oh avaro, hermano del miedo,
no fuiste dueño de nada,
solo custodio de lo que pedía ser compartido.
Y en tu custodia nació la sombra del mundo dividido.

Pero aún en la ruina del apego
late una posibilidad:
que el puño se abra,
que el peso se vuelva don,
que el tesoro aprenda a ser río.

Porque tal vez la verdadera riqueza
no era tener, sino dejar pasar.
Y la gran paradoja —oscura y luminosa—
es que solo quien suelta, despierta,
y solo quien no posee, habita lo infinito.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2023.

Ver métrica de este poema
  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 20 de abril de 2026 a las 01:41
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 4
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.