​La verdadera cárcel

Antonio Portillo




​El temor se dibuja en los ojos
como despedida de la luz,
con angustia en la mirada
pidiendo permiso para escapar,
como si quedarse doliera más que partir.
Y los pasos se vuelven de arena
en el borde de un tiempo que pesa,
mientras el pecho, cansado de ecos,
reconoce que huir es en vano.
Porque el miedo no viaja en el viento,
solo habita la piel que lo nombra,
y en ese reconocimiento, algo por fin descansa.
​Y en ese silencio que sigue a la tregua,
se entiende que huir era la verdadera cárcel.
Que el coraje no es la ausencia de dudas,
sino abrazar el temblor de los huesos
y seguir caminando hacia adentro.

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