I
Se elevan las torres, simétricas y claras, apuntando al cenit con fe de granito; son lanzas de luz por el sol amparadas, eco de un pueblo que busca el infinito. Santiago Apóstol custodia la plaza mientras las campanas dictan la oración; bajo su sombra la historia se enlaza con la gracia eterna de la redención.
II
Paredes de piedra que guardan memorias de abuelos y de hijos, de fe que no muere; aquí se han escrito las grandes victorias de aquel que en el Padre confía y espera. No es solo un recinto de cal y de arte, es el faro místico de mi Gualaceo; donde cada piedra es una noble parte del "Gloria" profundo que al fin poseo.
III
Se alza el nombre en la curva del camino, con letras de agua, de sol y pradera; Gualaceo recibe al peregrino abriendo su alma como primavera. “Jardín del Azuay”, reza el místico letrero, y el pecho siente el pulso verdadero; bajo el cielo de nubes matizadas, dejo atrás la prisa y las horas pesadas.
IV
Aquí se han curado todas mis heridas al roce suave de su mansa brisa; no es solo una ciudad la que contemplo, es el retorno al ser... ¡mi propio templo! Abro el balcón y el cerro Tres Cruces se levanta con faldas de eucalipto y savia de vida; allá arriba, donde el silencio canta, habita la mística de mi tierra querida.
V
Allá abajo el río Santa Bárbara entiende los latidos que mi jardín hoy cultiva; sus aguas son hilos que el tiempo desprende, tejiendo una historia que en gracia revive. No es solo un cauce que el valle abraza, es la sangre mística de mi Gualaceo; que limpia las penas y el alma enlaza con la paz sagrada que hoy es mi trofeo.
VI
Puente de piedra y mística madera, abrazo de siglos sobre el cauce sagrado; testigo fiel de cada primavera, unión de orillas donde el miedo ha parado. Bajo su arcaico arco, el río canta un “Gloria” que el viento del Azuay levanta; hierro, piedra y fe, mística estructura que me invita a cruzar hacia mi propia altura.
VII
Brilla el cristal donde habita la elegancia, tacones de luz y lazos de alegría; en Gualaceo el cuero tiene infancia y se moldea al pie con pulcra maestría. Nombres de antaño y marcas de oro visten el paso del buen viajero; cada sandalia es un pequeño tesoro nacido del genio y la mano del obrero.
VIII
“Somos fabricantes”, dice el orgullo, desde la matriz hasta el confín del viento; en cada suela late el firme arrullo de un pueblo que camina con místico aliento. Aquí están mis pies, con su calzado oscuro, sobre el suelo bendito que al fin me acoge; ya no hay sendero incierto ni inseguro, ni sombra del ayer que me desaloje.
IX
Anthurios rojos, oraciones en pie, hablan de misericordia y de fe; no es solo un rincón lo que aquí contemplo, es el huerto del ser, mi sagrado templo. De la madera pulida surge un árbol sin edad sosteniendo ramas con ollas de barro; es el yunque del espíritu, la simple verdad donde cada maceta es un sueño que agarro.
X
Este rincón me recuerda el “Amanecer”, el arte místico de volver a nacer; sobre el cristal, un altar de pureza, rosas blancas y gracia soberana. ¡Que este aroma selle mi paz y me recuerde que el hijo fiel que va a pie, jamás se pierde! Dios ha cambiado al fin todas mis suertes, calzándome de luz y de primavera.
XI
Humea la olla en la mesa sencilla con hojas de choclo guardando el tesoro; la humita es la reina, la blanca semilla que el fuego transforma en un grano de oro. Sabor de Gualaceo y de manos benditas que endulzan el alma con sus tradiciones; son más que comidas, son horas escritas en el recetario de los corazones.
XII
Sobre el disco, la tortilla dorada espera, crujiente y cálida, con aroma a hogar; esencia del campo y de la vida entera que nos invita a sentarnos y a celebrar. Gracias, Señor, por el pan de mi tierra, por este banquete de paz y alegría; aquí mi cansancio por fin se destierra, ¡comiendo humitas al pie del nuevo día!
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Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 19 de abril de 2026 a las 00:03
- Categoría: Espiritual
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: El Hombre de la Rosa

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