Despedida

El hombre de la orquidea

 I
Se acalla el grito de la herida abierta,
no porque el mundo haya cambiado el trato,
sino porque he cerrado ya la puerta
a todo aquel que me juzgó por rato.
II
Ya no mendigo el pan de la mirada
de quien solo valora lo que obtiene;
mi alma descansa en la fe cimentada,
en esa Roca que mi ser sostiene.
III
Dios no es un juez que mide mi fortuna,
ni un frío cálculo de error y acierto;
es la luz mansa, clara como luna,
que guía el barco hacia el seguro puerto.
IV
Acepto el quiebro que forjó mi historia,
pues en la grieta entró la luz divina;
no hay paso en vano, no hay vana memoria,
si el testimonio al corazón inclina.
V
Del sufrimiento nace la prudencia,
del abandono surge la estatura;
hoy reconozco en mi propia existencia
que ser humano es mi mayor altura.
VI
Suelto la carga de querer ser fuerte,
de ser el hombre que con todo puede;
mi verdadera y más dichosa suerte
es que Tu Gracia en mi favor intercede.
VII
Miro mis manos, ya no están vacías,
aunque no carguen oro ni medallas;
llevan la paz de saber que eres guía
en el silencio de mis mil batallas.
VIII
Lo superfluo se va con la corriente,
lo desalmado pierde su sentido;
solo el amor se queda permanentemente
en el sagrario de lo que he vivido.
IX
Doy este paso con el pie ligero,
sin el reproche que el andar detiene;
soy el hijo, el viajero y el heredero
de una esperanza que del cielo viene.
X
La paz no es ausencia de ruido o de gente,
es la certeza de saber quién soy;
un alma libre, clara y consciente,
que de Tu mano al nuevo destino voy.
XI
Vine desnudo y así emprendo el vuelo,
sin llevar nada que el tiempo marchite;
dejo mi rastro sembrado en el suelo,
para que el alma del otro se invite...
a ser feliz, a cambiar su mirada,
y amar de veras en esta jornada.

Ver métrica de este poema
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.