Liturgia A La Mujer Marina

ROGER MEDINA GUERRA

Presumes una leve indiferencia,
trama sutil con la que embrujas
a los mancebos ocultos en la sombra.
Ellos se inclinan ante ti, temblorosos,
al pie de tus altares eróticos,
ofreciendo su carne como plegaria
que el viento deshace sin perdón.

Abres tus alas primigenias,
alas de un amor nocturno y salobre,
sobre el lecho inquieto del viento.
Le cantas a la luna quimérica,
y tu risa —mordaz, quebrada—
es eco de conquistas remotas
que aún palpitan en la entraña del ron.

Canta,
luna lechosa,
amada por el azul que te envuelve.
Canta desde las grietas bermejas
de tu puerta encendida,
donde hierven pócimas seductoras
y estallan destellos furtivos de éxtasis.

Canta,
para que el mar, con su espíritu salobre,
se rinda al hechizo de tu voz.
Para que en tus notas encuentre
la música primera,
la que despierta al amor
cuando la noche abre sus manos
y el deseo se arrodilla ante ti.

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