El beso

Efrain Eduardo Cajar González

I
El beso nace donde el tiempo duda,
en el umbral de un sí que aún no es voz;
la piel pregunta y la distancia muda
cede un milímetro—y ya son dos.
No hay mapa fijo para ese instante,
solo un latido que decide ir;
y en su frontera, leve y titilante,
empieza el mundo a traducir.

II
Antes del roce, todo es promesa:
un aire tenso, una luz que va
de boca en boca, callada y presa,
como un secreto que quiere estallar.
Los ojos hablan lo que no nombran,
las manos tiemblan sin explicar;
y en ese borde donde se asombra
la voluntad aprende a amar.

III
El beso es puente breve y profundo,
un arco frágil sobre la razón;
suspende el ruido, detiene el mundo,
y en un segundo crea estación.
No pide historia ni ceremonia,
ni firma, pacto, ni condición;
es pura llama sin ceremonia
que escribe al tacto su decisión.

IV
Hay besos lentos, casi silencio,
como la lluvia sobre el cristal;
y otros, de vértigo y de incendio,
que arden y enseñan a respirar.
Cada uno guarda su propia música,
un ritmo antiguo que vuelve a ser;
y en su cadencia mínima y lúcida
se aprende el arte de ceder.

V
El beso guarda lo que no cabe
en la palabra ni en la razón;
traduce en carne lo que no sabe
decir la mente con precisión.
Es una forma de conocerse
sin inventario ni definición,
donde el misterio logra ofrecerse
sin perder nunca su condición.

VI
También es herida cuando se rompe,
memoria dulce que duele al pasar;
un eco tibio que el tiempo esconde
y a veces vuelve para nombrar.
Hay besos que quedan suspendidos,
como preguntas sin terminar;
y otros que, ya consumidos,
siguen viviendo al recordar.

VII
En labios jóvenes es descubrimiento,
temblor primero de identidad;
en labios viejos es conocimiento
de lo que dura en la lealtad.
No cambia el gesto, cambia la historia
que lo sostiene al pronunciar;
y en cada edad, distinta memoria
le da su forma de perdurar.

VIII
El beso es pacto sin documento,
un acuerdo libre que no se ve;
no hay ley que mida su movimiento,
ni juez que dicte lo que ha de ser.
Por eso exige respeto y escucha,
consentimiento claro y real;
porque en su centro la ternura lucha
por ser encuentro y no señal.

IX
Hay besos dados como consuelo,
manos de aire que saben sostener;
otros que elevan, quitan el suelo,
y enseñan otra forma de caer.
En cada uno viaja un lenguaje
que no se aprende en ningún lugar;
se enciende apenas roza el paisaje
de dos voluntades al coincidir.

X
El beso puede ser despedida,
un punto breve que no es final;
una promesa vuelta a la vida
cuando el regreso se hace real.
Cierra distancias, abre caminos,
repara el hilo que se tensó;
y en su silencio quedan vecinos
dos corazones que se dijeron: “yo”.

XI
A veces llega sin calendario,
sin protocolo, sin avisar;
y otras se anuncia necesario
como la lluvia que va a llegar.
Pero en su esencia nunca se vende,
no se negocia ni se simula;
quien lo comprende también entiende
que amar es verbo que no se anula.

XII
Así el beso, mínimo universo,
vive en la orilla de lo esencial;
escrito en aire, guardado en verso,
late invisible, pero real.
Y mientras haya quien se atreva
a cruzar ese umbral sin voz,
seguirá el mundo, breve y sin prueba,
aprendiendo a decirse: “nos”.

Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.