LA INVISIBILIDAD DE LA POBREZA
Viven entre nosotros, pero no los vemos,
como el aire que roza sin dejar rastro,
como el hueso quebrado bajo la ropa limpia.
La pobreza no grita: se sienta en los bordes
de las aceras recién barridas,
mientras el mundo pasa con el paso apurado
de quien lleva prisa por no mirar debajo.
Hay un niño con hambre en la puerta del colegio,
pero su vientre no es noticia,
y su mochila rota solo pesa aire.
La maestra le pregunta por la tarea,
y él responde con un silencio
que otros llamarían pereza,
pero que es solo el eco de una nevera vacía
y una madre que duerme en el turno doble.
La pobreza se disfraza: a veces de viejo
que pide una moneda con la mano temblorosa,
a veces de joven que vende caramelos
en el semáforo en rojo,
a veces de esa mujer que lava vidrios
y que nadie recuerda haber visto
hasta que el vidrio vuelve a estar sucio.
Y es que la pobreza tiene el don nefasto
de volverse transparente en los ojos cómodos.
El traje roto es un disfraz de moda antigua,
la piel oscura de tierra no mancha más que la memoria,
y el cartón mojado por la lluvia
es solo otro papel en la ciudad indiferente.
Las estadísticas hablan, los políticos firman,
los periodistas titulares de una semana.
Pero la pobreza sigue ahí, como el humo
que sale de las chimeneas de las fábricas:
se ve desde lejos, se huele si el viento cambia,
pero nunca se toca, nunca se nombra en la mesa
cuando la mesa está puesta con mantel blanco.
Hay quienes dicen que la pobreza es falta de esfuerzo,
como si el esfuerzo llenara estómagos
o el hambre entendiera de méritos.
Pero el pobre no es vago: es invisible.
No es sucio: es ignorado.
No es un número: es una grieta
por donde la dignidad se escapa gota a gota.
Yo la he visto en las colas del comedor social,
donde el silencio es más largo que la espera.
La he visto en los niños que no celebran su cumpleaños,
en los ancianos que comen pan con té
y llaman a eso cena.
La he visto en las madres solas
que cuentan monedas antes de dormir,
como quien cuenta estrellas en un cielo sin luna.
Pero la ciudad sigue su curso:
los autos brillan, los centros comerciales arden de luces,
los restaurantes desbordan olores.
Y la pobreza, fiel a su oficio,
se sienta en la misma banca del parque,
con el mismo abrigo roto,
con la misma mirada que aprende a no pedir.
Porque pedir es recordar que existe una brecha,
y quien mira desde arriba
prefiere un mundo sin grietas.
Así que la pobreza se vuelve aire,
se vuelve sombra, se vuelve ese estornudo
que nadie escucha en medio del ruido.
Y sin embargo, pobreza, yo te nombro.
Te arranco el manto de lo invisible,
te pongo frente al espejo de esta página,
para que quien lea se detenga un segundo
y vea lo que siempre estuvo ahí:
tu rostro innumerable,
tu hambre sin titular,
tu lucha sin aplauso.
No eres un accidente, pobreza,
sino una herida que duele porque el mundo
ha aprendido a no vendar.
Pero hoy te hago visible,
como se hace visible una raíz que rompe el asfalto,
como se nombra lo que duele
para que duela menos,
o para que duela al fin
como debe doler la injusticia.
Así que si alguien pregunta por ti, pobreza,
di que vives en la casa de todos,
que no tienes una cara sino miles,
que no eres un problema sino una pregunta
que la humanidad aún no ha sabido responder.
Y que mientras haya un solo invisible,
la poesía tendrá la obligación de encender
la linterna de las palabras
para que al fin, pobreza,
te vean.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2022.
La fotografía es de una obra titulada La invisibilidad de la pobreza , creado por el artista callejero, estadounidense Kevin Lee 1992 .
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 11 de abril de 2026 a las 06:11
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., CARMEN DIEZ TORÍO

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