Me retiro a mi soledad eterna.
Enciendo esta noche una linterna
entre el frío que por esta ventana
entra a borbotones, como mi alma
en la muerta materia desvencijada
haciéndola jirones de blanca niebla.
Me retiro a mi soledad eterna,
aunque nunca daré por perdida
aqueya estreya que briya a oriyas
de mi vida, entre marea y arena...
Me voy volando al alba al despertar
a esta realidad tan extraña,
que se sueña, es la verdad...
Me voy flotando en una ola enfática,
a toda velocidad, cortando las aguas,
y la gran distancia que nos separa igual.
Fui conducido hacia dentro del laberinto con los ojos vendados. La noche era absoluta, oscura y fría, y me poseía una inquietud que de ella derivaba. Busqué a tientas mi cara y me arranqué la venda. Entonces abrí los ojos y vi ante mí una estatua zoomorfa, cuya cabeza era la de un león con cuernos como de toro, su cuerpo era el de un dragón con alas de albatros, y su cola enroscada a su alrededor era igual que una anaconda cubierta enteramente de un crespo plumaje. Aquella visión inaudita me paralizó un instante. Encogido, aterrorizado, sentí un par de lágrimas calientes descender por mis mejillas. Cuando las gotas tocaron el suelo todo se iluminó en verde y me vi rodeado de un bosque. Aquel era un bosque con un aura triste, con un colorido otoñal, que se me antojaba reflejo de mi mundo interior, aún ignorando al extraño ser que lo habitaba ajeno a mi presencia, existiendo sin necesitar mi aporte de creatividad, pues, como pronto tendría la ocasión de comprobar, su aspecto era tan inimaginable como terrible y amenazante. Trémulo como un infante presa de la hipotermia me erguí y caminé costosamente entre las retorcidas siluetas de unos arboles negros: otra vez era de noche. Cada paso que daba sobre la hojarasca producía un ruido tan desconcertante que me helaba la sangre: era como caminar sobre montones de salamandras que crujían y chillaban y se agitaban como hojas movidas por un viento intangible. Resbalé y caí de frente. Cuando volví a abrir los ojos vi otros dos, rojos e incandescentes como antorchas, que se dirigían hacia mí atravesando una densa acumulación de maleza. La luz de la Luna desgarró un jirón de nube y cayó sobre aquel ser, revelando su apariencia zoomorfa, su cabeza de león con cuernos como de toro, su cuerpo de dragón con alas de albatros, y su cola enroscada a su alrededor igual que una anaconda cubierta enteramente de un crespo plumaje
Eso es todo cuanto recuerdo del sueño que tuve anoche. Bueno, hay algo más: tuve otro sueño en el que estaba en casa, solo conmigo mismo, intentando meditar, pero, cuando por fin conseguí silenciar mis pensamientos, oí el repetitivo repiqueteo de una gotera en el cuarto de al lado. No quise darle más vueltas a mi descubrimiento y dejé pasar el tiempo hasta que sentí que mis pies descalzos estaban helándose sumergidos en un charco en el que una luna bermeja semejaba un ojo de dragón. Era un ojo de dragón vigilándome desde la otra orilla, llamándome desde más allá de la red de reflejos. Y decidí adentrarme en el laberinto para vencer mi temor. Entonces desperté, aquí, como todos los días, un poco antes de que amanezca. Y creo que esto no es un sueño, aunque no estoy seguro. Lo consultaré con la almohada
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Autor:
Romey (
Offline) - Publicado: 11 de abril de 2026 a las 04:10
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Salvador Santoyo Sánchez, Mauro Enrique Lopez Z., Antonio Pais

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