Te amo, y al pronunciar tu nombre el mundo se inclina bajo un peso que no necesita explicarse, como si la realidad reconociera en ese gesto una tensión que no puede sostenerse sin ceder un poco. Te amo con manos que tiemblan, con la piel encendida, con un corazón que sangra en silencio, no como una herida que busca cerrarse, sino como un flujo constante que da forma a lo que somos cuando estamos juntos. La desgracia nos sigue, lenta, paciente, inevitable, y aun así nos entregamos, porque amar no es resguardarse sino avanzar sobre brasas que consumen y construyen, que hieren y elevan, que matan y, sin embargo, devuelven a la vida en una forma distinta, menos pura, más real.
Tu roce no es leve, aunque lo parezca; altera la proporción de las cosas, modifica el ritmo con el que el cuerpo entiende el tiempo. En tu respiración hay una cadencia que desordena la mía, y en ese desajuste aparece algo que no se puede corregir ni evitar. Besarte no abre caminos, los clausura, traza un límite preciso dentro del cual todo ocurre con una intensidad que no admite fuga. Llorar no limpia ni redime, deja marcas, inscribe signos que no buscan ser comprendidos por nadie más. La noche no nos cubre: nos contiene, nos mantiene en suspenso mientras la memoria, la pasión y la herida permanecen activas, como si no existiera diferencia entre recordar, desear y doler.
Te toco y no encuentro solo tu cuerpo, sino una profundidad que no termina de medirse, una duración que se extiende más allá del instante. En tu piel conviven la desesperación y el gozo sin anularse, como si ambas fueran necesarias para sostener lo que ocurre entre nosotros. Entonces el dolor deja de oponerse al amor y empieza a darle estructura, a organizarlo desde dentro. Todo lo que se ama entra en un proceso de fractura, y es en esa ruptura donde adquiere su forma más intensa, más verdadera. La desgracia no interrumpe, acompaña; no destruye, señala el límite al que estamos dispuestos a llegar sin retroceder.
Amar así no es una decisión que pueda tomarse o abandonarse, es un movimiento que se repite, una combustión que no se apaga aunque lo intente. Arder, caer, levantarse y volver a arder no son etapas, son variaciones de un mismo estado que insiste en continuar. No hay promesa ni recompensa, solo esta persistencia que se sostiene incluso cuando todo alrededor pierde sentido. Cada latido fija algo que no puede nombrarse del todo, cada gemido articula una forma primitiva de oración, cada sombra registra lo que ocurre sin intervenir, como testigo de una entrega que no busca justificación.
Y cuando el mundo desaparezca, cuando la memoria deje de sostener imágenes y nombres, no quedará lo que fuimos en términos reconocibles. Permanecerá otra cosa, más mínima y más resistente: una vibración, un pulso suspendido entre fuego y ceniza, entre éxtasis y duelo, algo que no necesita forma para seguir existiendo. No seremos recuerdo, seremos resto, una huella que no pertenece del todo al tiempo ni al olvido.
Te amo, y en ese decir algo se deforma pero también se afirma con una claridad que no depende de explicaciones. Mientras lees, sientes; mientras sientes, ardes; y en ese ardor comprendes que amar hasta quebrarse, hasta perderlo todo salvo la intensidad del instante, no es un exceso, sino una forma de tocar lo que no se puede retener. Aquí seguimos, no intactos, sino encendidos, sostenidos por una fuerza que no distingue entre amor y desgracia, porque en nosotros ya dejaron de ser cosas separadas.
D.A.R
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Autor:
Bruno Gatica 1 (
Online) - Publicado: 10 de abril de 2026 a las 02:22
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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