El mandato de la luz: Liturgia de la mujer que me llevó a Dios

El hombre de la orquidea

I. El cielo en el coche

Extraño tus manos, caricia primera,

cuando en el coche buscaban las mías;

sentía que el cielo por fin descendiera

a vestir de luz mis oscuros días.

Hoy vibran grabadas en mis pensamientos,

acordes que habitan en cada engrama;

música viva de mil juramentos,

en mi memoria... latido que ama.

 

II. El motivo de amar

Si te amo es porque siempre fuiste

mi mayor anhelo, mi todo y mi fe;

del gris de mi vida tú me desvestiste,

y en mi corazón siempre te guardaré.

No importa el destino, ni el rumbo, ni el modo,

vives en mí como un rastro sagrado;

pues tú me enseñaste que amar es dar todo,

sin que importe el peso de todo lo pasado.

 

III. Las dos miradas de Fátima

Tus ojos cafés son la santa bendición

que baña mi rezo en cada alborada;

cuando a la Virgen le doy mi oración,

miro en Su rostro tu propia mirada.

Si Fátima ríe con ojos claros,

en los tuyos, más oscuros y puros,

hallo la paz de los cielos más bellos,

venciendo mis miedos y antiguos muros.

 

IV. Sembradora de paz

Te amo por esa mirada que siembra

una paz infinita en mi caminar;

aunque hoy tus ojos me resulten ajenos,

se grabaron en mí para no descansar.

Son el reflejo de un Dios que me cuida,

el rastro de luz que bendice mi día;

la huella perfecta, la marca imborrable,

que guía mis pasos con su profecía.

 

V. El despertar de la niña

Amo tu boca, que un día me dijo

que yo desperté tu sensual timidez;

que fui de la niña su dulce cobijo,

sacando tu brillo y tu calidez.

Esa es la boca que habita conmigo,

la que me dio fuerza para renacer;

hoy Dios es el Juez y el tiempo el testigo:

en tu coquetería... yo volví a creer.

 

VI. Motor de la cruz

Si te amo es porque eres mi fuerza,

el motor que ayuda a reconstruir;

para que nada el camino me tuerza,

mientras aprendo de nuevo a vivir.

En mi existencia tú siempre estarás,

siendo tú misma, tu esencia y tu luz;

y aunque en silencio te quedes atrás,

me llevas de manos... ¡hacia la Cruz!

 

VII. El Paso de la infancia

Amo tu rostro, tan tierno y sincero,

tu paso de niña que pisa el dolor;

tu llanto que abraza el mundo entero,

con la hidalguía de un gran pundonor.

Por todo lo bueno que me entregaste,

por cada caricia, por cada verdad;

por el paraíso que en mí despertaste,

¡te amé, te amo y te amaré por la eternidad!

 

VIII. La verdad del amor

Porque el amor no es una moraleja,

ni una corona de falsa piedad;

para amar no hacen falta parejas,

basta con ver en el otro la Verdad.

Tú eres el ser que me muestra al Señor,

el alma que me hizo tocar el cielo;

por eso te amo con este fervor,

sin pedir permisos... y sin poner velo.

 

IX. El mandato Supremo

Te amo en mi mundo, en mi fantasía,

en el regalo que Dios me entregó;

recordaré siempre tu dulce alegría,

el lado tierno que en mí floreció.

Jesús nos mandó: "solo ama", y yo amo,

aunque la ausencia camine ante mí;

en cada plegaria tu nombre reclamo,

pues soy más humano... desde que te vi.

 

X. La unción de la entrega

Si te amo es porque contigo encontré

el rumbo de vuelta hacia la oración;

porque en tus manos yo me restauré,

y hallé en tu entrega mi propia unción.

No fuiste nunca una casualidad,

fuiste la enviada para transformarme;

mostrándome a Dios en Su inmensidad,

viniendo a la tierra... para restaurarme.

 

XI. La deuda de oro

Me faltará vida para recompensar

todo lo grande que me has brindado;

ni todo el oro que pueda existir,

paga el milagro que me has otorgado.

En mi silencio te pago con rezos,

con gratitud y con pura intención;

pues son tus recuerdos mis más tiernos besos,

guardados por siempre... en mi corazón.

 

XII. El reposo en Fátima

Cada mañana la Virgen me mira,

y sabe por qué estoy allí, a Sus pies;

mientras mi alma por ti hoy suspira,

amándote siempre... una y otra vez.

Que Dios me permita poder compensarte,

en esta vida o en la eternidad;

mi gloria ha sido poder encontrarte,

y amarte con toda... mi honestidad.

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