Algo en mí
empieza a descomponerse
cuando cae la noche.
No es el cuerpo.
Es otra cosa.
Una caída lenta,
sin fondo,
como si el pensamiento
no encontrara dónde detenerse.
Los grillos insisten.
El desierto responde
con un eco
que no es del todo real.
Hay algo más.
No lo veo,
pero está.
Se mueve en los bordes,
donde la luz ya no alcanza.
El rechinar de los dientes
no es sonido:
es señal.
El cuerpo, tibio,
todavía resiste.
Me incorporo.
Respiro.
Compruebo,
con una certeza incómoda,
que aún no soy un cadáver.
No uno frío,
al menos.
Las horas avanzan
sin orden,
como si alguien más
las estuviera contando.
Y entonces aparecen.
No figuras,
no sombras,
sino esa sensación
de estar siendo observado
desde adentro.
De ser medido,
pesado,
expuesto.
No dicen nada.
No hace falta.
Saben.
Y eso basta.
-
Autor:
Uriel F (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 8 de abril de 2026 a las 23:50
- Comentario del autor sobre el poema: Un descenso a ese territorio donde la noche no apaga, sino expone. Aquí, el insomnio deja de ser vigilia y se convierte en desdoblamiento: una conciencia que se observa a sí misma hasta volverse ajena. El cuerpo resiste, pero algo más cede. En ese límite —entre lo que aún somos y lo que empieza a desprenderse— surge una presencia que no necesita forma, porque ya habita dentro. Y sabe.
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1
- En colecciones: El libro de la peste.

Online)
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