Abril

Vale Moran

Ella sonreía cada vez que él llegaba.
Sus primos mayores le habían advertido que se mantuviera lejos, pero cuando las cosas están destinadas a ser —o eso creemos— avanzan igual, aunque duelan después.

Empezaron a compartir horas, salidas robadas, miradas cargadas de suspicacia, noches de amor. Todo era cálido, como en las películas donde el verano lo justifica todo. Ajeno a las miradas de los demás, el amor creció. O eso pensaban.

Ella tenía dieciséis.
Él, veintiocho.
Una incoherencia total.
Y como si todavía faltara un ingrediente para el desastre, él se casaba al finalizar el verano.

Se casó.
Dicen los que estuvieron presentes que lloró durante toda la fiesta. Que en un acto de brutal honestidad les confesó a sus amigos que amaba a otra mujer.
¿Mujer?
Era una nena de dieciséis años.

Un día antes de la boda la fue a buscar. La miró como quien promete sin medir el daño.
—Te prometo ir a buscarte. Voy a buscarte. Te amo.

El día del casamiento, ella sintió morir. Sintió —de verdad— que el corazón se le hacía trizas.

Después vinieron las sombras: lo clandestino, la mentira, las escondidas. Él la buscaba a la salida del colegio. Huían lejos. Ella lo amaba. Él creyó que también. Se prometieron para siempre sin pensar en el después, convencidos de que, como en los cuentos, el príncipe rescata a la princesa y no hay consecuencias. Final feliz.

Pero en agosto todo cambió.
Un test positivo torció el destino del amor… y el de ella.

Sola, con el alma destrozada, notó su ausencia. Su silencio. No tuvo más remedio que contárselo a su madre. Tenía diecisiete años. Estaba embarazada de un hombre casado. Un hombre que no tenía la más mínima intención de cobijarla ni abrazarla. Él solo quería borrar esa historia.

Ella fue esclava de esa vida incipiente. Lo cuidó, lo protegió, le puso un nombre, lo soñó, lo escuchó crecer en silencio. Pero aun así escuchó a su madre… y se dejó convencer.

Una habitación fría, lejos de la ciudad.
Un médico reconocido.
Un lugar que se parecía más a un cementerio que a un refugio.

Una aguja fría puso fin a una vida y a un amor.
Y todo se derrumbó como se derrumban las cosas que empiezan mal.

Vinieron los años de silencio. Los años de estar perdida. Cada abril le deseaba feliz cumpleaños a su alma: feliz cumpleaños, hijo. Pidió revancha. Pidió venganza. Supo después que había sido él quien pagó, con muchos dólares, el asesinato de su bebé. Sin escrúpulos. Sin amor.

Años más tarde se enteró de que él había perdido un hijo.
Y sonrió.
Tal vez, por fin, había sentido una mínima parte de lo que ella sintió.

Nunca volvió a verlo. De vez en cuando, alguna canción lo trae de regreso. Ya no lo odia.

¿Saben cuál es el tema?

“La cobardía es asunto de los hombres; no de los amantes, los amores cobardes no llegan a amores ni a historia”….

 

  • Autor: Vale Moran (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 8 de abril de 2026 a las 10:08
  • Comentario del autor sobre el poema: una historia fuerte que escuché por ahi.
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1
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