La Calle dónde tú vives

Luis Barreda Morán

La calle donde tú vives

No es una calle ancha, ni tiene nombre en los mapas de turistas;
es más bien un recodo que el asfalto olvida,
un suspiro de adoquines entre edificios grises.
La calle donde tú vives comienza en mis pupilas
y termina en la puerta que nunca sé si tocar.

Por las mañanas, cuando el sol aún duda,
los gatos la recorren con sigilo de alfileres,
y el panadero abre su persiana como un acordeón cansado.
Hay una farola que parpadea en código Morse,
enviando mensajes que solo tú descifras:
“hoy hace frío”, “no olvides el paraguas”,
“alguien te mira desde la terraza del segundo piso”.

La calle donde tú vives tiene olor a café recién hecho
y a periódicos húmedos de llovizna.
Tiene el sonido de una bicicleta que frena mal
y el eco de tus pasos cuando bajas la escalera
—tus pasos, siempre distintos—:
apresurados los lunes, lentos los domingos,
y ese día de lluvia que olvidaste las llaves
y yo las encontré debajo del felpudo.

He caminado esta calle tantas veces
que ya conozco sus cicatrices:
la grieta que nació con el terremoto del 85,
el grafiti borroso que dice “te quiero” en italiano,
el árbol que perdió una rama la noche que te fuiste de viaje.
También conozco sus milagros:
el carrito de elotes que aparece solo en otoño,
la vecina que riega geranios y tararea boleros,
el niño que aprende a silbar parado en la esquina.

La calle donde tú vives no aparece en los GPS.
Es una calle que se pliega cuando anochece,
que guarda secretos en sus alcantarillas,
que respira distinto los fines de semana.
A veces la cruzo en sueños y está siempre igual,
pero un poco más larga, como si el tiempo
hubiera estirado sus aceras con paciencia de orfebre.

Hay una ventana que no se abre nunca
—la tuya, la que da al poniente—.
Yo paso y miro hacia arriba como los perros miran la luna,
con esa fidelidad absurda que no pide recompensa.
A veces la cortina se mueve. A veces es el viento.
A veces necesito creer que no.

La calle donde tú vives es también mi calle,
aunque no tenga llave, aunque mi buzón
sea el bolsillo de este abrigo que ya apesta a cigarro.
He aprendido a querer sus defectos:
el bache que se traga las monedas que tiro,
el semáforo que siempre me encuentra distraído,
el perro que ladra a las sombras y me incluye en ellas.

Y si alguna vez te vas, si la mudanza
embala los recuerdos en cajas de cartón,
esta calle seguirá aquí con su adoquín cojo
y su farola bizca, con el niño que ahora silba canciones de Bud Bunny 
y la vieja de los geranios que ya no riega porque se fue a vivir con su hija.
Seguirá aquí, testigo mudo de que un día
tú viviste en algún sitio y yo fui el cartógrafo
de tu manzana, el peregrino de tu acera,
el poeta que le puso versos a la grieta.

Porque al final, amor, las calles son eso:
el lugar donde alguien espera.
Y yo espero en esta calle como espera el farol
a que la noche le devuelva su oficio,
como espera la llave a que la mano decida
si es para abrir o para condenar al silencio.

La calle donde tú vives tiene mi nombre escrito
en cada baldosa que he pisado mil veces.
No hace falta que lo leas.
Basta con que un día, al bajar por el pan,
sientas que el suelo es más blando bajo tus pies,
y sepas —sin mirar, sin preguntar—:
“aquí estuvo, aquí sigue, aquí no termina nunca
el camino que empieza en tu ventana
y termina en mi pecho, que es también
una calle pequeña donde solo tú vives”.

—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Noviembre, 2025.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 8 de abril de 2026 a las 06:44
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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