El manjar de Dios

El hombre de la orquidea

I. La receta del cielo
Toma un poco del barro de aquel hospital,
mézclalo con el agua que el río te dio;
añade una chispa del fuego pascual,
y siente el dulzor que en tu pecho nació.
No es obra de manos, ni humano el favor,
es Dios que cocina con fuego lento;
extrayendo el zumo de todo el dolor,
para darnos hoy Su místico sustento.
II. El reposo del trigo
No es postre de azúcar, ni miel de panal,
es miel de paciencia, de fe y de perdón;
es ver que la vida, tras tanto ritual,
te entrega en almíbar tu propia oración.
Después de la noche, de frío y de acecho,
el sol se presenta en su mejor esplendor;
poniendo la paz en el centro del pecho,
bajo el estandarte de nuestro Señor.
III. El sabor del mañana
Saborea este instante de paz y de calma,
degusta el milagro de ser un ser nuevo;
que el postre de hoy sea el sueño en el alma,
envuelto en la Gracia del místico ruego.
Los tiempos de Dios son un trazo perfecto,
no llegan con prisa, ni tarde han de estar;
corrigen el rumbo de cada trayecto,
y al puerto seguro nos mandan anclar.
IV. El ángel de la justicia
Llegó con la calma de un ángel sincero,
en el día del Santo que guía al maestro;
no traía laureles, ni brillo de acero,
traía el mensaje del Padre en lo vuestro.
Un amigo justo, de manos leales,
que Dios ha enviado para testificar:
que ya terminaron tus tiempos fatales,
y es hora, docente, de volver a empezar.
V. El dulzor de la humildad
Entre lágrimas tibias de asombro y de vida,
dijiste: "Señor, que se haga Tu voluntad";
y el aula de años, de lucha encendida,
recibió la caricia de la santidad.
No es solo un puesto, ni un mando, ni un nombre,
es el eco del cielo que al fin te ha escuchado;
es Dios que restaura la honra del hombre,
que en aulas y libros Su vida ha entregado.
VI. la visión sin búsqueda
En medio del ruego y el hondo mensaje,
la imagen de ella aparece ante mí;
sin haber buscado su dulce ropaje,
Dios me la muestra diciendo: "está aquí".
Es ella la señal, el faro y la guía,
la misión que el Cielo me vuelve a confiar;
la luz que acompaña mi nueva alegría,
y el alma que el Padre me manda a cuidar.
VII. el sabor de la gratitud
Qué postre más tierno, qué místico abrazo,
que en manos de un justo te viene a buscar;
confía en el tiempo, confía en el trazo,
que el Dueño del Mundo te quiere situar.
Duerme en la cuna de este nuevo presagio,
testigo del trigo que empieza a brotar;
¡que el Santo de Escuelas sea hoy tu naufragio,
donde el alma nueva se aprenda a elevar!
VIII. el triunfo de la calma
Tras la tempestad que el muro batió,
ha llegado el aire de un suave arrebol;
lo que el enemigo un día omitió,
hoy brilla con fuerza bajo el mismo sol.
Dios obra maravillas cuando nos alzamos,
limpios de amargura, buscando Su faz;
recogiendo el fruto de lo que sembramos:
una vida nueva envuelta en Su paz.
IX. La cátedra de la gracia
Hoy San Juan Bautista bendice tu frente,
el gran educador te da su señal;
que seas el guía, el puerto y la fuente,
de una enseñanza que es espiritual.
No enseñes solo letras, ni ciencia, ni historia,
enseña el milagro de la redención;
que el aula sea el eco de toda Tu gloria,
y cada palabra, una santa oración.
X. El destino trazado
He aquí tu misión, me susurra el viento,
en la luz del aula, mi antigua alegría;
es Dios el reposo de mi pensamiento,
y Su santa Gracia, mi fiel travesía.
Ya no hay más dudas, el mapa está claro,
las piezas encajan por obra divina;
el dolor del pasado ya no lastima,
en este presente que hoy se ilumina.
XI. El guardián del mañana
Seré el atalaya que vela el camino,
el guardián humilde de tanta bondad;
aceptando en paz mi nuevo destino,
viviendo en el centro de Su voluntad.
Sin pedir retornos, ni esperar nada a cambio,
solo por la dicha de honrar al Creador;
en este solsticio, en este gran cambio,
donde el alma estalla en llamas de amor.
XII. El regalo del amigo
Bendito el amigo que trae la noticia,
el heraldo noble de la honestidad;
en su voz no hay sombra, ni existe malicia,
solo el testimonio de la claridad.
Gracias, Señor, por poner en mi senda,
corazones firmes que saben actuar;
que quitan del ojo la oscura venda,
y ayudan al hombre a volverse a elevar.
XIII. El testigo del trigo
Miro mis manos, ya no hay cicatriz,
solo el rastro de oro de Tu curación;
hoy puedo decir que soy un hombre feliz,
por haber pasado por la gran probación.
El trigo ha brotado, la espiga está fuerte,
la cosecha es mucha y el tiempo es de luz;
vencí los temores, burlé la mala suerte,
abrazado siempre a Tu santa Cruz.
XIV. El sello del silencio
En el almíbar de este silencio sagrado,
me hundo en la paz de un sueño profundo;
con el ayer muerto y el hoy restaurado,
siendo el hombre más rico que habita en el mundo.
Tengo la fe, la misión y el sustento,
tengo el amor que me ayuda a seguir;
ya no hay en mi alma ningún descontento,
estoy listo, Padre, para vivir.
XV. La ofrenda final
Gracias, Maestro, por este banquete,
por el dulce postre de la integridad;
deja que mi vida ante Ti se complete,
siendo el reflejo de Tu majestad.
Bendito San Juan, bendita mi amada,
bendito el amigo y el tiempo de Dios;
¡mi alma por siempre queda abrazada,
al plan que nos une en una sola voz!

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  • Autor: El hombre de la orquidea (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 8 de abril de 2026 a las 00:01
  • Categoría: Espiritual
  • Lecturas: 3
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