ANATOMÍA DEL NAUFRAGIO
¡El laberinto de la sombra suspendida!
¿Qué es este latido, sino un péndulo de fuego
que entre el vacío y la sustancia oscila?
La muerte, con su filo ya tranquila,
desata el nudo del humano ruego.
Es el ser un naufragio: un dulce ciego
que en el agua del tiempo se aniquila,
en la copa del alma, la herida
donde el pulso convoca su partida.
Somos arquitectura de desgaste y viento:
¿por qué el afán de coronar la cima,
si el pie es de barro y el laurel, la rima,
se quiebra apenas roza el pensamiento?
Es un relámpago el discernimiento
que a la tiniebla su pavor arrima:
breve sol que emprende último vuelo,
ceniza antes de tocar el suelo.
Mejor fuera la piedra, que no siente
el latigazo del pensar sin nudo,
o el mineral, bajo el silencio mudo,
ajeno al cauce de la amarga vertiente.
Mas el hombre es un río: ser viviente
que se encadena a su perfil desnudo,
y en el espejo de la propia suerte
mendiga al tiempo su otra cara: muerte.
¿Qué pavor nos detiene en el umbral profundo,
donde el eco no guarda ya memoria?
¿Es el temor de que la falsa gloria
sea polvo en el borde de este mundo?
Qué misterio, tan cruel como fecundo:
escribir con el alma nuestra historia,
sabiendo que la mano —tenue trazo—
firme en el vacío su fracaso.
Huyamos, pues, de la quietud del hielo;
baste el errar por demora y por victoria.
Aunque sea la vida transitoria
un jirón de amargura bajo el cielo,
que en este laberinto sin consuelo
nos quede al menos la feroz memoria
de haber sido —en vaivén incierto—
un mar que olvida ser puerto abierto.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de abril de 2026 a las 00:10
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1

Offline)
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