I. El Rastro del llanto
Hoy le ví a Él, en el madero santo,
Vengo de adorar la Cruz donde el Amor murió;
he dejado allí mi rastro de llanto,
y el alma encendida que Dios restauró.
Vengo de ofrecer cuidarte en silencio,
sin ruido, sin sombras, en pura oración;
rindiendo ante el cielo mi propio solsticio,
y entregando al Padre mi fiel devoción.
II. La petición de libertad
Le he pedido a Cristo, que dio Su existencia,
que toque tu vida, tu mente y tu ser;
que ponga en tu alma Su santa presencia,
y en Tu luz divina te haga renacer.
Pero ante el Sagrario, en místico ruego,
le dije al Maestro con toda verdad:
"Si no ha de ser mío su amor y su fuego,
haz que yo la olvide... por Su libertad".
III. El guardián del tesoro
"Cúrala, Señor, que encuentre Su aurora,
que sea feliz en Su propio sendero;
y a mí que me permita, desde esta hora,
cuidar en silencio lo que más quiero".
Aquí estoy, Dios mío, velando el tesoro
que un día en mis manos Tu gracia entregó;
limpio de amargura, sin quejas ni lloro,
bajo el inmenso amor que me rescató.
IV. La corona de gracia
Siempre lo haré por Tu misericordia,
siendo el guardián de lo que Tú me diste;
venciendo al orgullo y a la discordia,
con la paz profunda que Tú me infundiste.
Hoy muere el deseo, nace el abandono,
en este Viernes de entrega total;
y ante Tu Cruz, Señor, me corono...
¡con la libre gracia de un amor vital!
V. El ofrecimiento del hombro
Tú fuiste el ejemplo de amor verdadero,
diste Tu vida en el duro madero;
por eso hoy te pido, mi Dios y mi Guía,
que cargue yo el peso de su agonía.
Permite que el hombro de este siervo tuyo
reciba la cruz que ella intenta llevar;
que sane su alma, que muera el murmullo,
y en aguas de gracia se pueda bañar.
VI. La sanación omnipotente
Tú que eres de vida el Dueño y Señor,
misericordioso, Dios de la bondad;
disipa en su pecho cualquier fiel dolor,
y dale el regalo de Tu claridad.
Sé que Tú puedes, que en Ti no hay distancias,
que el tiempo es un soplo ante Tu majestad;
derrama en su vida las santas fragancias
de la paz eterna y la integridad.
VII. Honrar tu sacrificio
Sé que nosotros, unidos en Ti,
honraremos siempre Tu vida y Tu luz;
como seguidores que un día dijeron: "sí",
bajo la sombra de Tu santa Cruz.
Haznos los testigos de un amor de altura,
desprendido y puro, como es Tu perdón;
que sea mi entrega la fiel arquitectura
que eleve hacia el cielo nuestra salvación.
VIII. El testigo del desprendimiento
Gracias, Jesús, por mirar mi intención,
por ser el testigo de mi desprendimiento;
ya no hay en mi alma ninguna ambición,
que no sea Tu paz y Tu santo sustento.
Lavaré sus huellas, si Tú me lo pides,
o me iré a la sombra si es Tu voluntad;
Tú que los pasos del hombre decides,
guárdala siempre en Tu inmensidad.
IX. El vientre de la fe
Que el hilo de oro que Tú has trenzado
no se rompa nunca por falta de fe;
que sea el sustento de lo que he soñado,
aunque el ojo humano a veces no ve.
En este silencio de Viernes de Muerte,
donde todo calla por Tu sacrificio;
yo encuentro en la entrega mi modo de verte,
y en su sanación mi mayor beneficio.
X. La transfusión de la paz
Si ella está cansada, dame su cansancio;
si ella está sufriendo, dame su dolor;
que pase mi vida en un dulce escancio,
vertiendo en su copa todo Tu favor.
Que sea mi canto un rastro de aurora,
que ahuyenta las sombras de su caminar;
seré el centinela que espera la hora
de verla de nuevo, en Dios, florecer.
XI. El silencio del Cajas
Como en las cumbres de mi frío Cajas,
donde el viento reza en soledad pura;
así mi plegaria, entre nubes y bajas,
busca que el cielo sane su amargura.
No busco la gloria, ni busco el estrado,
ni el mundo que borra con crueldad tenaz;
busco que el ser que tanto he amado,
encuentre en Tu pecho su puerto y su paz.
XII. El amén de la alianza
Consumado todo, me quedo al abrigo
de la gran promesa que Tú nos dejaste;
ya no soy esclavo, hoy soy Tu amigo,
porque con Tu sangre mi deuda pagaste.
Viernes de Gloria, Viernes de Perdón,
mi vida en Tu madero hoy queda grabada;
¡por ella y por Ti, doy mi corazón,
en esta Alianza... por siempre sellada!
XIII. El tránsito del silencio
Dejaremos que el tiempo nos toque con frío,
que el dolor y el silencio nos dejen su huella;
como el cauce que espera la lluvia del río,
o la noche que aguarda el nacer de su estrella.
Es morir para ser, es callar para hablar,
un tránsito amargo que el alma requiere;
pues solo quien sabe su vida entregar,
encuentra el amor que jamás se le muere.
XIV. La resurrección de la dignidad
Resucítanos, Padre, de nuestra ceniza,
haznos dignos hoy de un amor tan divino;
que sea Tu paz la que al pecho suaviza,
y Tu luz el faro de nuestro camino.
Que al abrir los ojos tras la oscuridad,
seamos los seres que Tú has restaurado;
unidos en fe, con total integridad,
honrando el milagro que nos has otorgado.
XV. La alianza de gratitud
Te seremos fieles, Maestro y Señor,
por haber tocado con luz nuestras vidas;
cambiando el agravio por Tu inmenso amor,
y sanando con oro las viejas heridas.
Hoy me quedo en paz, bajo el madero santo,
viendo en Tu sacrificio mi propio renacer;
¡borraste el dolor, terminaste el llanto,
y en Tu Gracia, Señor... nos diste el Ser!
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Autor:
El hombre de la orquidea (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 4 de abril de 2026 a las 00:04
- Categoría: Espiritual
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