Me retiro a mi soledad eterna.
Enciendo esta noche una linterna
entre el frío que por esta ventana
entra a borbotones, como mi alma
en la muerta materia desvencijada
haciéndola jirones de blanca niebla.
Me retiro a mi soledad eterna,
aunque nunca daré por perdida
aqueya estreya que briya a oriyas
de mi vida, entre marea y arena...
Me voy volando al alba al despertar
a esta realidad tan extraña,
que se sueña, es la verdad...
Me voy flotando en una ola enfática,
a toda velocidad, cortando las aguas,
y la gran distancia que nos separa igual.
Un grupo de ocho amigos, una mujer y siete hombres, se reunieron en un parque céntrico de la ciudad después de años sin verse. Los primeros en llegar fueron Héctor y Dilaila, que ya habían quedado antes de la hora del encuentro en una cafetería en las proximidades del cónclave. Mientras conversaban acerca de sus trabajos y parejas llegó Rai, y les llamó la atención su atuendo: iba vestido al estilo de un bufón del medievo, y de la punta de su sombrero colgaba un cascabel que tintineaba a la vez que caminaba hacia ellos repitiendo saludos lacónicos y comedidos gestos. Ni Héctor ni Dilaila pudieron contener la risa ante las excentricidades de su amigo. Te llevas el bronce, le dijo el hombre. De acuerdo, podré sacarle algún beneficio si se lo vendo al chatarrero, contestó Rai. Qué tal todo, le preguntó Dilaila, la mujer a la que los siete conocían por el mote de Manca desde que había perdido su mano buena al seccionársela la puerta de un ascensor. Bien, bien; intrigado hasta que se resuelva la incógnita de quién será el cuarto en llegar. Se quedaron un rato callados, con las cinco manos guardadas en los bolsillos de sus pantalones, mirando alrededor a la gente: un chaval vestido de luto, sentado en un banco, discutía con una de sus novias por teléfono por lo que había hecho con otra de ellas la noche pasada; una muchacha gordita, con gafas y trenzas, paseaba un chihuahua por el césped; un señor leía por enésima vez la inscripción a los pies de un monumento que representaba la idealizada figura de un conquistador decimonónico; otro sacaba migas de pan de una bolsa de papel y las ciscaba por el suelo para dar de comer a las palomas que lo rodeaban. Manuel, más conocido como Mani, pasó al lado de este último esquivando a un ave despistada que picoteaba por error una piedrita. Once minutos tarde, le dijo Héctor consultando su reloj de pulsera, te toca pagar las cervezas. Lo que voy a hacer será pegarte en la cabeza, puto, escupió Mani, que siempre había sido un ganso, un guasón, y todavía lo era; no podía evitarlo. Rai se había apartado del grupo para acariciar al chihuahua y a la muchacha si ella le daba permiso. Los otros tres estuvieron observando con ojos rientes como coqueteaba, pero pronto tuvo que despedirse porque el perro empezó a ladrarle después de haberle lamido la cara. Dilaila metió la mano en el bolsillo de la sudadera de Mani, extrajo una pipa de madera y le pidió la yerba. Él tomó tres cogollitos de una bolsita de ganchillo que llevaba atada a la muñeca y oculta bajo la manga. Siempre tengo un as en la manga. Apretó la yerba en un puño y la espolvoreó en la cazoleta de la pipa. Rai intentó encendérsela con un mechero que había encontrado tirado entre la hierba, pero las chispas no surtieron el efecto deseado. Héctor acudió para aportar su granito de arena y la requerida llama. Dilaila tosió y frunció el ceño; aspiró el denso humo de nuevo y lo retuvo durante unos quince segundos en sus pulmones; lo echó suavemente por la boca entreabierta y el humo ascendió cubriendo sus ojos castaños. Os propongo un juego, dijo al momento. Lo qué, le preguntó Rai. Escondernos de Borja, que me acaba de decir en un mensaje que está viniendo; no tardará en llegar. Le gastaremos una buena broma: nos esconderemos detrás del monumento, y cuando me pregunte por mensaje dónde estamos le diré que seguimos en el mismo lugar; él, al ser medio autista, pensará en mundos paralelos; jamás se dará cuenta de que es una broma. Ninguno se opuso. Siguieron al pie de la letra las instrucciones de la Manca como si fuera ella la jefa y ellos sus subordinados. Tal como estaba previsto Borja no tardó en llegar y quedarse parado investigando la zona con la vista sin encontrar ni una pista. Estamos aquí esperándote en los bancos blancos; dónde estás tú, leyó en el chat de Dilaila, luego de un breve tiempo de carga amplió la foto que le fue enviada a colación, en la cual aparecían ella y Héctor sonrientes como niños en el mismo sitio exacto en el que él se encontraba en el presente, y se quedó petrificado con el contenido del texto adjunto: estamos aquí ahora mismo . Se sentó en uno de los bancos y se sujetó la cabeza con las manos como si tuviese miedo a que se le escapara volando. Un dedo se le clavó entre las costillas y pegó un grito y un salto. Aliviado resolvió la incógnita al voltearse y ver, justo detrás del banco del que acababa de salir despavorido, a Silvio saludándolo efusivamente con las manos en alto. Se fijó en su inseparable cazadora llena de insignias, que sabía Dios cuantos años tenía y y lucía tan lustrosa que aún parecía comprada el mismo día. Tras él Samu y Lolo hacían carantoñas y le enseñaban sus lenguas en ademán de burla. No vais a creer lo que voy a contaros, dijo Borja, con el semblante más serio que el de la estatua de aquel general que realmente no había existido nunca: un oficinista se lo había inventado durante una tediosa mañana y uno de los propagandistas del gobierno había obligado al dibujante del periódico de la capital a inventar historietas en las que lo mostrase como un héroe ejemplar en el frente luchando en nombre de la bandera, para animar a las juventudes a alistarse en la milicia imperial. A la sombra del muy respetable patriota de grafito y arcilla, los cuatro traviesos se habían apostado la suerte a que el otro par de petimetres se tragarían el farol, y efectivamente así fué. De hecho aquella broma duró hasta ayer, treintaiseis primaveras después, día en el que la Manca, a los ochenta años, en su lecho de muerte, me reveló el secreto. Y sé de lo que hablo; yo soy Silvio, y he de confesar que desde entonces he estado majareta, loco de atar, perdidamente ido, al igual que Lolo y Samu; por no hablar de Borja, que siempre ha sido un paranoico empedernido
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Autor:
Romey (
Offline) - Publicado: 3 de abril de 2026 a las 12:03
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: El Hombre de la Rosa

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