Llueve.
Y no es el cielo quien desciende,
sino la memoria de la tierra
que regresa a su origen.
Gime la madera antigua
como un pecho que ha vivido inviernos,
y en cada gota que insiste
late un tiempo que no muere.
He aquí la taza:
círculo oscuro, tibio,
donde el mundo se disuelve sin ruido
y renace en silencio.
Bebo.
Y no es café lo que desciende por mi sangre,
sino la raíz,
la montaña,
la voz callada de los hombres que sembraron
sin pedir eternidad.
El huerto no habla,
pero sabe.
En su quietud respira
la paciencia de lo que no huye.
¡Oh lluvia!
tú no limpias:
revelas.
Nombras las grietas,
bendices la demora,
y haces del instante
un templo sin paredes.
Y en el hondón del día que declina,
comprendo sin palabras
lo que la prisa nunca nombra.
Y yo,
mínimo ante tu liturgia,
aprendo por fin
que no hay plenitud en la prisa,
ni destino en la huida.
Solo esto:
la casa,
la tierra,
la taza entre las manos,
y un hombre que comprende,
mientras todo cae,
que nada falta
cuando todo está en su sitio.
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Autor:
Cronista sin puerto (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 3 de abril de 2026 a las 02:47
- Categoría: Naturaleza
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais

Offline)
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