En un rincón sin nombre de la casa apagada,
crecía una niñez hecha de sombras suaves,
de palabras que nunca aprendieron a salir,
de miradas que hablaban más que la voz.
Un niño sentado en su mundo pequeño,
masticando silencios como pan duro,
dibujando en el aire lo que no sabía decir,
con sueños guardados en frascos cerrados.
La risa llegaba, pero no siempre entraba;
tocaba la puerta y se iba sin ruido,
dejando un eco tibio que nunca florecía
en aquel pecho inquieto y desordenado.
Había días en que el mundo pesaba más,
y su alma, tan joven, ya cargaba inviernos.
Intentaba encajar, como pieza extraviada,
en un rompecabezas que no lo esperaba.
Pero aun en la melancolía que lo envolvía,
había una chispa diminuta y persistente:
un deseo de ser visto, de ser entendido,
de que alguien notara su universo callado.
Y aunque la frustración a veces crujía,
como madera seca en una noche fría,
su corazón seguía latiendo despacio,
guardando la esperanza de ser escuchado.
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Autor:
Aiko (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 2 de abril de 2026 a las 22:04
- Categoría: Triste
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, alicia perez hernandez
- En colecciones: poemas.

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