Traigo la delicia salvaje de acordarme
de haber tocado el musgo que no tocaron mis dedos,
sino esas manos tuyas que son palomas inalcanzables
distantes de mis manos, pero nudos de mi pulso.
Y cuando tú me hables
de un cielo de obsidiana o de un paisaje de cal,
yo recordaré las estrellas que tus ojos inventaron
y la nieve que caía, pura, quemando tu pecho lejano.
Porque hay otro cuerpo por el que mis ojos descubren la tierra,
porque me vas amando con tus párpados de rocío,
y tu mirada me funda, me habita
y me recorre.
¡Qué relámpago de alegría, vivir
sintiéndome poblado por tu sangre!
Saber que no soy yo quien respira,
sino nosotros, estallando en la misma luz,
viajando en el mismo pulso,
viviendo la misma vida,
ardiendo en el mismo fuego,
cayendo en la misma lluvia.
No busco mi nombre, amor mío,
en el eco de las cosas;
lo busco en tu voz, que es donde ahora existo.
Somos el cauce y el agua,
la herida y el bálsamo,
una sola sombra proyectada bajo el mismo sol.
Somos, al fin, dos raíces
que se han encontrado bajo tierra
para beber de la misma sed
y florecer en el mismo asombro.
m.c.d.r
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Autor:
m.c.d.r (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 2 de abril de 2026 a las 20:02
- Categoría: Amor
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Carlos Baldelomar, Antonio Pais, Salvador Santoyo Sánchez

Offline)
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