EL PRECIO DEL SILENCIO

JUSTO ALDÚ


AVISO DE AUSENCIA DE JUSTO ALDÚ
Estaremos en ausencias intermitentes.

 

Isaías 50:4-5

50:4 El Señor Dios me ha dado una lengua entrenada, para que sepa cómo consolar al cansado con una palabra. Mañana tras mañana despierta, despierta mi oído para que escuche como los que son instruidos. 50:5 El Señor Dios me ha abierto el oído, y no fui rebelde; no me volví atrás.

 

Hay días

en que el mundo se vende

sin hacer ruido.

 

No hay gritos,

no hay incendios visibles,

no hay titulares urgentes

solo una conversación discreta

en algún rincón del poder

donde la conciencia

se cambia por cifras.

 

Treinta monedas

no suenan igual ahora,

pero existen:

se disfrazan de contratos,

de acuerdos,

de oportunidades que “no se pueden dejar pasar”.

 

Y uno aprende,

sin darse cuenta,

a negociar lo esencial.

 

Un poco de verdad aquí,

un poco de dignidad allá,

una pequeña traición

que no parece traición

porque nadie sangra de inmediato.

 

Así empieza todo.

 

¿Extraño eh?

El hombre de Nazareth

lo sabía.

 

Lo que no explicó en su… libro

-no publicado en Amazon en primera edición-

Es que no era el beso -lo peligroso-

era el silencio antes,

la decisión tomada en secreto,

el instante en que el alma

se sienta a la mesa

y acepta el precio.

 

Hoy también ocurre.

 

En oficinas con aire acondicionado

donde se firman destinos ajenos,

en pantallas donde se aprueban guerras

con un clic que no tiembla,

en la rutina íntima

de quien se traiciona a sí mismo

por encajar,

por sobrevivir,

por no quedarse fuera.

 

El miércoles no tiene épica.

No tiene cruz,

ni clavos,

ni multitud.

 

Tiene algo peor:

normalidad.

 

Tiene gente convencida

de que hace lo correcto,

o al menos lo necesario.

 

Tiene monedas que pesan poco

pero caen hondo.

 

Y, sin embargo,

lo más inquietante

no es Judas.

 

Es lo familiar que resulta.

 

Porque todos,

en algún rincón sin testigos,

hemos sentido la tentación

de intercambiar lo sagrado

por algo que brille más rápido.

 

Y entonces

el tiempo se parte en dos:

antes de aceptar,

y después.

 

Después,

todo sigue igual

pero algo ya no responde,

algo se queda atrás

como una puerta mal cerrada

en la memoria.

 

El Miércoles Santo

no terminó.

 

Se repite

cada vez que elegimos

el precio sobre el sentido,

la ganancia sobre la verdad,

la comodidad

sobre esa voz incómoda

que insiste en no venderse.

 

Y en medio de todo,

casi inaudible,

queda una pregunta

que ninguna moneda logra callar:

 

¿cuánto cuesta, realmente,

perderse?

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

 

 

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Comentarios +

Comentarios7

  • Mª Pilar Luna Calvo

    Justo, dicen que todo el mundo tiene un precio, hay que tener ojos en el cogote, y aún así te timan. El mundo no cambia, creo que además de las 30 monedas tuvo que haber algo más, una promesa, envidia... Un abrazo, que tu te comentas mejor que yo.

    • JUSTO ALDÚ

      Muchas gracias Ma. Pilar por tu comentario. A mi me han timado muchas veces, el mundo es mundo como dicen. Y sí, creo que tuvo que haber algo más para que el "susodicho" de aquel entonces se colgara.
      Con respecto a lo de los comentaros, pues quiza sea cierto, pero yo soy más feo 😁✌️

    • Lualpri

      La vida misma, amigo Justo.

      Un abrazo y gracias por compartir tus palabras.

      Ten un buen día.

    • CARMEN DIEZ TORÍO

      Querido amigo, entrar hoy en tu espacio es mucho más que leer un poema; es dejarse atravesar por él. Tus versos llegan hondo, quizás porque tocan ese lugar donde uno se reconoce, aunque no quiera. Hay en tus letras una honestidad que no busca agradar y, precisamente por eso, nos alcanza con más fuerza. Conviertes lo cotidiano en algo cargado de sentido y haces visible lo que normalmente pasa desapercibido. No hay artificio innecesario, solo una mirada clara y valiente que sostiene cada verso. Y cuando uno llega al punto final, el poema no termina: se queda en la mente, dando vueltas, moviendo algo que estaba dormido o que quizá no queremos ver. Siempre es un lujo disfrutar de tus letras, de tu buen hacer. Gracias por compartir y por lograr que, en este mundo de locos, nos detengamos aunque sea un instante a reflexionar. Feliz día Un abrazo.

      • JUSTO ALDÚ

        Carmen, tus palabras llegan con una claridad que se agradece de verdad. Has sabido mirar el poema desde dentro, sin rodeos, y poner en palabras eso que a veces cuesta nombrar cuando algo nos toca de cerca.

        Me alegra que hayas percibido esa intención de no maquillar lo cotidiano, de dejarlo tal cual es, con su peso y su verdad. Al final, si algo merece la pena en un poema, es justamente eso que señalas: que no se quede en la lectura, sino que siga resonando después.

        Gracias por tu lectura tan atenta y por tu forma de decirlo, directa y sentida. Un abrazo grande.

      • Patricia Aznar Laffont

        Lo he leído con atención

        Se acerca la Pascua y tu poema ls ensalza

        Abrazo Justo

        • JUSTO ALDÚ

          Muchas gracias por tu visita y comentario amiga.

          Ya le escribiremos a la Pascua también.

          Saludos

        • El Hombre de la Rosa

          La estrofa brota de tu pluma entregandose a tu genial versar el precio del silencio estimado Panameño y amigo Justo Aldú
          Recibe un abrazo de Críspulo desde el Norte de España
          El Hombre de la Rosa

          • JUSTO ALDÚ

            Muchas gracias Críspulo por tu atenta visita y comentario amigo.

            Saludos hasta España.

          • Javier Julián Enríquez

            Muchas gracias, amigo JUSTO, por este destacado y gran poema que, a pesar de abordar temáticas de índole religiosa, evidencia la presencia de términos imaginarios que se relacionan entre sí de forma objetiva pretendiendo en la ficción literaria una operatoriedad equivalente a la que es factible en el mundo real a la hora de interpretar sus ideas formalmente objetivadas. Veamos cómo se explica esto a partir de este poema, aunque me parece muy difícil. En primer lugar, se percibe cómo el poema expone la sutil pero omnipresente corrupción de los valores fundamentales, representada por el intercambio de la conciencia y la integridad por beneficios materiales o conveniencia social. Se destaca la preocupante normalización de la renuncia progresiva a los principios éticos, un fenómeno que tiene lugar en el ámbito cotidiano y discreto, alejado aparentemente de la ostentación de la violencia. En tal contexto, el poema suscita que la verdadera pérdida no radica en el acto de la traición en sí mismo, sino más bien en la decisión subyacente de priorizar lo efímero y lo tangible sobre lo intrínsecamente valioso. Así, la «conciencia» se entiende a menudo como un bien que se puede «cambiar por cifras», una expresión que sugiere transacciones en las que se pone en juego la moralidad en aras de las ganancias económicas o el estatus social. Desde este punto de vista, el poema pareciese que transmite la percepción de que esta renuncia a la propia esencia podría no ser un evento extraordinario, sino más bien una tendencia humana recurrente, ejemplificada por la figura de Judas, cuya acción podría interpretarse no como un acto aislado de maldad, sino como la culminación de un proceso interno de aceptación de un «precio». Considerando esto, se invita a reflexionar sobre la transformación del significado de la traición, que ha evolucionado desde las monedas de plata hasta los contratos y acuerdos modernos, que ocultan la renuncia a la verdad y dignidad. En esta línea, se vislumbra cómo la formalización de este proceso se manifiesta en la burocracia de las oficinas, la frialdad de las decisiones bélicas tomadas digitalmente y la conformidad individual que busca la supervivencia o la aceptación social. Progresando en el sentido expuesto, se plantea que la percepción de «normalidad» en estos actos, la convicción de estar actuando por necesidad o corrección, puede ser un aspecto preocupante, ya que puede oscurecer la narrativa épica de los conflictos tradicionales. En ese marco, se diría que el poema explora la idea de que la tentación de intercambiar lo «sagrado» por lo «que brille más rápido» es una experiencia común a todos los seres humanos, dividiendo la existencia en un «antes» y un «después» de la renuncia. Por lo que este «después» se caracteriza por una sensación de disonancia interna, una percepción de que algo fundamental podría haberse perdido o quedado incompleto. Por otra parte, la repetición del «Miércoles Santo» simboliza la perpetuación de una elección moral, donde la búsqueda de ganancias y comodidades puede, en ocasiones, prevalecer sobre la verdad y el sentido. Y llegados a la pregunta final, «¿cuánto cuesta, realmente, perderse?», condensa de manera muy acertada la tesis central del poema: la profunda y significativa pérdida espiritual y existencial que se deriva de la desvalorización de los principios fundamentales.
            Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio

            • JUSTO ALDÚ

              Javier Julián, tu lectura entra en el núcleo del poema y lo desarma con precisión. Has visto con claridad ese desplazamiento de lo simbólico hacia lo cotidiano, donde lo que en apariencia pertenece al ámbito religioso termina reflejando conductas plenamente actuales.

              Coincido contigo en ese punto esencial: la traición no aparece como un hecho aislado, sino como un proceso. En el poema intento justamente eso, no señalar el gesto final —la moneda, el contrato, la firma—, sino el instante previo en que algo dentro empieza a ceder. Ahí es donde se produce la verdadera fractura, mucho antes de que tenga forma visible.

              Tu referencia a la normalización es especialmente acertada. Mientras tú la sitúas en estructuras como la burocracia o las decisiones impersonales, mi enfoque la lleva a un plano más íntimo: esa negociación silenciosa que cada uno sostiene consigo mismo. No es tanto el sistema como la disposición interior a aceptar el “precio”. En ese sentido, Judas no es un personaje lejano, sino una figura que encarna una posibilidad humana recurrente.

              También es interesante cómo destacas el paso de las monedas a los acuerdos modernos. Ahí se cruzan nuestras miradas: tú lo expones como evolución histórica del símbolo; yo lo planteo como permanencia del mismo conflicto bajo distintos disfraces. Cambian las formas, pero no la raíz.

              Y en cuanto a la pregunta final, la has interpretado con solidez: no busca una respuesta concreta, sino incomodar, obligar a medir una pérdida que no es cuantificable. Perderse no es un acto puntual, es una deriva.

              Gracias por tu lectura rigurosa y por el tiempo que le has dedicado. Un abrazo.

            • Lincol

              Tu poema expresa que la verdadera traición no es un acto visible, sino la silenciosa decisión de vender la propia conciencia a cambio de comodidad o beneficio.

              Saludos cordiales.

              • JUSTO ALDÚ

                Si mi estimado, un acto volitivo que se genera antes del actuar.

                Muchas gracias por tu lectura y comentario.



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