CUANDO EL RUIDO SE APAGA, AÚN QUEDA SU VOZ

JUSTO ALDÚ

Cada vez que me distraigo del hombre de Nazareth,

algo en mí se vuelve moderno de una forma peligrosa:

eficiente,

rápido,

vacío.

 

Entonces el mundo funciona mejor -dicen-.

Los números cuadran,

los discursos brillan,

las guerras se justifican con palabras limpias

como trajes recién planchados.

 

Pero hay un fallo en el sistema:

una grieta mínima,

como una astilla en la lengua del alma

que no deja de doler.

 

Porque ese hombre -ese extraño-

no encaja en ningún algoritmo.

 

Hablaba de amar

como si no fuera una estrategia fallida,

como si el enemigo no fuera rentable,

como si poner la otra mejilla

no fuera un error de cálculo

en esta economía de dientes.

 

Y yo,

que vivo entre pantallas que dictan sentencia,

entre titulares que convierten la tragedia en rutina,

entre manos que deslizan el dolor

como quien cambia de canción,

me descubro alejándome de él

como quien se aleja de una incomodidad necesaria.

 

Porque seguirlo duele. 

Duele mirar al otro

sin convertirlo en estadística.

Duele no odiar

cuando todo el mundo entrena para hacerlo mejor.

Duele no endurecerse

cuando el mundo premia al que resiste sin sentir.

 

Las ciudades arden en silencio,

no siempre con fuego,

a veces con indiferencia.

 

Hay niños que aprenden a esconderse

antes de aprender a leer,

y hombres que aprenden a mandar drones

antes de aprender a pedir perdón.

 

Y sin embargo,

en medio de este ruido bien organizado,

su voz regresa

como una interferencia sagrada:

 

“Bienaventurados…”

 

Y la palabra cae

como una piedra en el agua turbia del presente.

 

Bienaventurados los que no encajan,

los que aún tiemblan,

los que no han aprendido a llamar “normal”

a la herida.

 

Porque ellos -dice-

heredarán algo

que no cotiza en bolsa.

 

Cada vez que me alejo,

lo entiendo mejor.

 

Cada vez que lo ignoro,

sus palabras crecen

como raíces bajo el concreto.

 

No gritan.

No imponen.

No conquistan.

 

Pero resisten.

 

Como una luz pequeña

que no compite con la noche

y aun así

la contradice.

 

Y entonces comprendo

que el problema no es su mensaje

-es que aún funciona-.

 

Que sigue siendo peligroso

amar sin condiciones,

perdonar sin espectáculo,

vivir sin convertir al otro

en enemigo necesario.

 

El hombre de Nazareth

no ha perdido vigencia.

 

Somos nosotros

los que hemos perfeccionado

las formas de olvidarlo.

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos


Comentarios +

Comentarios4

  • Francisco Javier G. Aguado 😉

    De acuerdo contigo en todo, estimado Julio.

    • JUSTO ALDÚ

      Muchas gracias Fco. Javier. Correcto ese es mi nombre Julio. Julio Alberto Stoute Duarte. JU por Julio, STO por Stoute, AL por Alberto y DU por Duarte. JUSTO ALDÚ.
      Gracias por leerme y comentar.

      Saludos

      • Francisco Javier G. Aguado 😉

        Si. En cierta ocasión leí uno de tus comentarios donde expresabas tu verdadero nombre: Julio
        Y ya me di por enterado jejeje.
        Un fraternal abrazo

      • Lualpri

        El hombre de Nazareth
        no ha perdido vigencia.

        Somos nosotros
        los que hemos perfeccionado
        las formas de olvidarlo.



        Lamentablemente es así, Justo.
        Un abrazo y gracias por tus letras.
        Ten un buen día.

        • JUSTO ALDÚ

          Muchas gracias Luis por tu amable visita y comentario.

          Saludos

        • CARMEN DIEZ TORÍO

          Un día más, entrar en tu espacio es un auténtico placer, sea cual sea el tema que trates y la forma en que lo expongas. Hoy, tu poema, querido amigo me parece una gran reflexión que busca, ante todo, la verdad. Tus letras no predican: exponen. Y ahí reside su fuerza. Frente a esa lógica del mundo, limpia e incuestionable, aparece esa figura que irrumpe, que incomoda, que desarma cualquier sistema y que, a pesar de nuestros oídos a veces sordos, sigue teniendo un mensaje plenamente vigente. Hay imágenes que se quedan vibrando: esa “economía de dientes”, las “pantallas que dictan sentencia”, esa interferencia casi sagrada en medio del ruido. No son solo belleza —que la tienen—, son algo más: núcleos de sentido que sostienen el poema. Es un texto que no intenta resolver la contradicción, sino habitarla. Y precisamente ahí encuentra su fuerza. El cierre me parece maravilloso, un resumen limpio y contundente de todo el poema:

          “El hombre de Nazareth
          no ha perdido vigencia.

          Somos nosotros
          los que hemos perfeccionado
          las formas de olvidarlo.”

          Gracias por hacernos mirar un poco hacia nosotros mismos y gracias, de corazón, por compartir.Feliz día. Un abrazo.

          • JUSTO ALDÚ

            Si, es cierto, es una gran reflexión más que religiosa puesto que entrega una instrospección de aquellos que como yo en algún momento nos hemos hecho esas clásicas preguntas. Creo que justo ahí es donde la poesía deja de ser un mero ornamento y se vuelve una especie de herida lúcida. Por supuesto no hay respuesta cerrada, sino un latido persistente. Quizá es esa voz que me obliga a escucharme incluso cuando prefiero el ruido.
            Y claro amiga, hay lectores que pasan por el poema simplemente y otros que como tu lo despiertan. Eso sin demeritar a nadie.
            Muchas gracias por tu visita y comentario.

            Hasta la próxima.

          • Javier Julián Enríquez

            Muchas gracias, amigo JUSTO, por este reflexivo poema, en el que se percibe la discrepancia entre la esencia del mensaje de Jesús de Nazaret y las dinámicas contemporáneas, caracterizadas por la eficiencia excesiva, la superficialidad y la instrumentalización de la vida. En este sentido, se diría que la voz poética plantea que, al desviarse de los principios fundamentales de la compasión y el amor incondicional, la sociedad podría estar incurriendo en un pragmatismo que, si bien es beneficioso en ciertos aspectos, puede llegar a priorizar el rendimiento económico y la justificación discursiva, en detrimento de la empatía y la humanidad. Desde esta perspectiva, el poema parece transmitir la necesidad que tenemos de reconocer la persistente vigencia de un evangelio que promueve la trascendencia de lo material y la primacía del ser humano, sugiriendo de este modo que la verdadera herencia reside en aquellos que resisten la insensibilidad que se ha ido imponiendo en la sociedad, aquellos que no han aprendido a normalizar la herida. En este aspecto, la fuerza del mensaje reside en su resistencia silenciosa, en su capacidad para iluminar la verdad fundamental: el problema no es el mensaje, sino nuestra incapacidad para integrarlo en una existencia que ha perfeccionado las estrategias del olvido.
            Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio

            • JUSTO ALDÚ

              Y es precisamente eso lo que pretendo con el texto, por el momento te doy las Gracias Javier Julián, por tu lectura atenta y por detenerte en el fondo del poema. Has señalado con claridad esa tensión entre el mensaje esencial y la forma en que hoy lo desplazamos o lo diluimos en lo inmediato.

              Tu reflexión acierta al poner el foco en esa deriva hacia lo práctico y lo útil, donde lo humano corre el riesgo de volverse secundario. Ahí es donde el poema intenta insistir: no en cuestionar el mensaje, sino en evidenciar cómo lo vamos dejando al margen, casi sin notarlo.

              Valoro también tu mirada sobre esa “resistencia silenciosa”. En ella está, quizá, el núcleo de todo: lo que permanece, aunque no haga ruido.

              Gracias por tu cercanía y por aportar una lectura tan lúcida. Un abrazo.



            Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.