La Blasfemia de los Imperios
La oración se eleva desde los mismos tronos
donde se trazan las fronteras de la muerte,
mientras las manos que firman órdenes de guerra
aún huelen a incienso y a liturgia.
Los poderosos juntan las palmas ante el altar
y luego las convierten en mandatos de hierro.
Invocan la bendición del cielo
para que descienda sobre sus ejércitos y sus estrategias,
y el nombre de Dios se convierte en el sello
que cierra los ataúdes de los inocentes.
Qué blasfemia más antigua y más renovada es esta:
ungir la pólvora con agua bendita.
Qué profanación más honda:
pronunciar el nombre sagrado mientras se ajustan los misiles.
La guerra nunca ha necesitado tantas velas encendidas
para justificar sus noches,
pero los imperios siempre encuentran sacerdotes
dispuestos a santificar sus banderas.
Y así la fe se vuelve un arma más
en el arsenal de los que deciden quién vive y quién muere.
Dios es invocado desde los despachos
donde se calculan las bajas colaterales,
como si el creador de todos los rostros
pudiera bendecir la eliminación de algunos,
como si el que dio aliento a cada niño
aprobara que ese aliento sea arrancado por bombas.
Pero cuando el poder se declara instrumento divino,
cualquier atrocidad encuentra su teología,
y la conciencia queda silenciada,
porque disentir sería resistirse a la voluntad celestial.
Los civiles caminan entre escombros
que antes fueron escuelas, mercados y hogares.
Los niños aprenden a distinguir
el sonido de los distintos tipos de proyectiles.
Las ciudades son borradas del mapa
con nombres en clave que suenan a operaciones piadosas,
y todo puede ser narrado como una gesta del bien
contra las fuerzas de la oscuridad.
Porque cuando la guerra se sacraliza,
la muerte deja de tener rostro y se convierte en estadística.
Pero los pueblos no son sus gobiernos,
ni la fe de los humildes es la de los poderosos.
En cada nación hay manos que se levantan,
no para bendecir tanques, sino para detenerlos.
Hay comunidades que rezan por la paz
mientras sus líderes preparan la ofensiva.
Hay madres que pierden hijos
en ambos lados de todas las fronteras imaginables,
y la humanidad no está dividida
entre elegidos y condenados,
sino entre verdugos y víctimas.
La fe auténtica nunca ha necesitado ejércitos
para defender su verdad.
Ningún Dios digno de ese nombre
reconoce su imagen en la mira de un fusil.
La espiritualidad verdadera
habita en las manos que curan,
no en las que ordenan bombardear.
Cuando la religión se convierte en propaganda del poder,
deja de ser puente y se vuelve muro,
y lo que se eleva como oración desde los centros de mando
es apenas el eco de la muerte.
La responsabilidad más honda de este tiempo
es defender la ley frente a los que se creen dioses,
recordar que ninguna bandera
está por encima de la dignidad de un solo cuerpo humano,
que la conciencia crítica debe velar
cuando el poder se envuelve en mantos de sacralidad.
Porque si el poder militar
se convierte en dueño del destino del mundo,
la humanidad se extingue,
y será la peor blasfemia
haber usado el nombre de Dios
para justificar el fin de su creación.
—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Marzo, 2026.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 31 de marzo de 2026 a las 01:53
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, **~EMYZAG~**, Eduardo Rolon, El Hombre de la Rosa

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.