EL DRAMA DEL AMOR EN LAS MATEMATICAS

Henry Pumacayo p

EL DRAMA DEL AMOR EN LAS  MATEMATICAS

Te amo como el uno ama al dos,

pero no con calma…

te amo con la urgencia

de quien sabe

que si el dos se va,

el uno vuelve a ser soledad.

 

Te amo porque soy el uno

cuando me miras,

pero fuera de tus ojos

soy apenas un número suelto

rodando en la pizarra del mundo.

 

Tú eres mi dos.

Mi equilibrio.

Mi par.

La cifra que me salva

de quedarme impar frente a la vida.

 

Contigo la suma es limpia.

Perfecta.

Exacta.

Uno más dos: nosotros.

La matemática que no falla.

 

Pero aparece el tres.

 

Llega midiendo distancias.

Llega dibujando triángulos

donde antes éramos línea recta.

Llega con esa falsa inocencia

de quien dice:

“yo no quiero romper nada”,

mientras mete su ángulo,

con disimulo,

entre tu mano y la mía.

 

Y quiebra el equilibrio.

 

Porque el tres sabe

que basta un espacio mínimo

para convertirse en posibilidad.

Que basta un descuido

para alterar la fórmula.

 

Escúchame, mi dos:

yo no comparto ecuaciones.

No creo en triángulos.

Somos la cifra

que completa cualquier aritmética.

 

Sé que el tres insiste.

Y vuelve como número repetido,

como recuerdo mal borrado.

Pero yo ya pertenezco

a tu ecuación.

Y tú a la mía.

 

Y aunque no entiendo por qué insiste,

dicen que el tres tiene al cuatro.

 

Ese cuatro tan correcto,

tan quieto,

tan aparentemente seguro,

esperando en la esquina

de su casa cuadrada.

 

No habla.

Pero su silencio pesa.

Pesa como advertencia.

Como amenaza educada.

 

Tal vez también arda por dentro.

Tal vez también sienta celos

cuando el tres se mueve.

 

Porque el cuatro sabe

que si el tres cruza la línea,

su figura perfecta

se desarma.

 

Dicen que el amor necesita cuatro esquinas.

Una casa ajena.

Un lugar prestado.

Un “Felices los cuatro”

disfrazado de destino.

 

Derechos del autor 30/03/2026

Henry Pumacayo P.

 

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