La Mano en el Laberinto

Luis Barreda Morán

La mano en el laberinto

No busco al arquitecto que diseña la salida,
ni al que traza rutas con tiza en el suelo.
No quiero al héroe que desata nudos,
ni al mago que convierte sombras en faros.

Mi laberinto no es de piedra:
es de espejos que me devuelven rostros que no reconozco,
de corredores que cambian de lugar cuando duermo,
de silencios que pesan como llaves viejas.

Aquí, en el centro del enredo,
he aprendido a escuchar mis propios pasos,
a contar las grietas del techo,
a domesticar el eco.

Pero hay noches en que las paredes gimen,
y el hilo que dejé atrás se enreda en mis tobillos,
y la oscuridad no es oscura:
es un idioma que aún no sé nombrar.

Entonces, entre tantas puertas que no llevan a ninguna parte,
entre tanta brújula rota,
lo único que pido
no es un mapa.
No es una voz que grite “¡por aquí!”.
No es una escalera que me lleve arriba.

Lo único que pido
es tu mano.

No para que me guíes,
sino para que me ancles.
Para que, cuando el miedo me desdibuje,
tus dedos sean los bordes que me devuelvan al cuerpo.
Para que, si decido sentarme en medio de este vértigo,
tú te sientes conmigo
sin preguntar cuánto falta.

Tu mano no tiene que conocer el camino.
Puede temblar también.
Puede estar tan perdida como yo.
Pero si está junto a la mía,
entonces el laberinto deja de ser un desafío
y se convierte en un paisaje.

Porque hay algo en la piel que no entiende de salidas,
que no negocia con el tiempo,
que no exige llegar a ningún puerto.
La piel solo sabe de calor,
de presión suave,
de la verdad que habita en las palmas cuando callan.

Y acaso estemos aquí mucho rato.
Acaso nunca encontremos la avenida que daba al sol.
Acaso este laberinto sea eterno
y nosotros solo dos formas que aprenden
a habitar lo incierto sin volverse piedra.

Pero si en medio del asombro
—de este asombro de no saber adónde vamos—
tu mano busca la mía
y la sostiene sin apretarla de más,
con la firmeza de quien sabe
que no se trata de escapar,
sino de no estar sola en el encierro,

entonces habré tenido todo.
No la certeza de un camino claro,
no la promesa de un final feliz,
sino algo más profundo:
la compañía en la pregunta,
el latido compartido en la incertidumbre,
la revelación de que el laberinto
no es el monstruo que creí,
sino el lugar donde alguien decidió
quedarse conmigo
sin condiciones,
sin soluciones,
solo con la ternura de sus dedos entrelazados a los míos.

Tal vez no necesito a alguien que me ayude a salir del laberinto;
quizás lo único importante es alguien que me sostenga la mano mientras estoy perdida.
Tal vez nunca quise salir.
Tal vez solo quería
que mientras camino en círculos
—hermosa, absurda, humana—
alguien me sostenga la mano
y me diga, sin palabras:
“No importa que estemos perdidos.
Estamos perdidos juntos.
Eso ya es un lugar.”

—Luis Barrera/LAB
Glendale, California, EE. UU.
Noviembre, 2022.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de marzo de 2026 a las 02:25
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 4
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