Lo que nunca dije mientras ardía

Aikoo

 

 

Yo no sabía amar.

Ni siquiera sabía estar.

Solo sabía quedarme

cuando alguien me decía

que no me apagara.

 

Tú llegaste recto,

seguro de tu forma,

con esa voz que no pregunta

sino que indica.

Me dijiste cuándo prender,

cuándo pasar,

cuándo callar.

Y yo obedecí

porque confundí tu firmeza

con cuidado.

 

No te manipulé.

Nunca supe cómo.

Lo único que hice fue doblarme

para entrar en tus manos.

Aguantar el fuego

para no sentir el frío

de quedarme sola.

 

Había días

en los que pensaba

que desaparecer

sería más fácil

que seguir ardiendo así.

No quería que me salvaras.

Solo quería descansar.

Pero tú me encendías de nuevo

como si apagarme

fuera una traición.

 

—No ahora.

—Aún sirves.

 

Y yo ardía.

Porque ser consumida

se sentía mejor

que no ser nada.

 

Tú necesitabas control

para no romperte.

Yo necesitaba aprobación

para no odiarme.

Y en ese intercambio desigual

yo me fui quedando sin voz,

sin forma,

sin ganas.

 

A veces te miraba

mientras inhalabas

y pensaba:

si me termino del todo,

¿me vas a extrañar

o solo vas a buscar otro fuego?

 

Nunca te lo dije.

Nunca dije nada.

El humo hablaba por mí.

La tos.

El silencio.

Las ganas de no volver a prender.

 

Cuando quedé en cenizas

no te miré.

No por rencor.

Por cansancio.

Porque amarte así

me costó existir.

 

Y si alguna vez pensaste

que yo era débil,

quiero que sepas algo:

no es fácil arder

todos los días

solo para que otro

no se sienta solo.

 

Eso fue lo nuestro.

No amor.

No compañía.

Solo yo,

quemándome en voz baja,

esperando que alguien

notara

que también dolía.

 

Ver métrica de este poema
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.