Yo no sabía amar.
Ni siquiera sabía estar.
Solo sabía quedarme
cuando alguien me decía
que no me apagara.
Tú llegaste recto,
seguro de tu forma,
con esa voz que no pregunta
sino que indica.
Me dijiste cuándo prender,
cuándo pasar,
cuándo callar.
Y yo obedecí
porque confundí tu firmeza
con cuidado.
No te manipulé.
Nunca supe cómo.
Lo único que hice fue doblarme
para entrar en tus manos.
Aguantar el fuego
para no sentir el frío
de quedarme sola.
Había días
en los que pensaba
que desaparecer
sería más fácil
que seguir ardiendo así.
No quería que me salvaras.
Solo quería descansar.
Pero tú me encendías de nuevo
como si apagarme
fuera una traición.
—No ahora.
—Aún sirves.
Y yo ardía.
Porque ser consumida
se sentía mejor
que no ser nada.
Tú necesitabas control
para no romperte.
Yo necesitaba aprobación
para no odiarme.
Y en ese intercambio desigual
yo me fui quedando sin voz,
sin forma,
sin ganas.
A veces te miraba
mientras inhalabas
y pensaba:
si me termino del todo,
¿me vas a extrañar
o solo vas a buscar otro fuego?
Nunca te lo dije.
Nunca dije nada.
El humo hablaba por mí.
La tos.
El silencio.
Las ganas de no volver a prender.
Cuando quedé en cenizas
no te miré.
No por rencor.
Por cansancio.
Porque amarte así
me costó existir.
Y si alguna vez pensaste
que yo era débil,
quiero que sepas algo:
no es fácil arder
todos los días
solo para que otro
no se sienta solo.
Eso fue lo nuestro.
No amor.
No compañía.
Solo yo,
quemándome en voz baja,
esperando que alguien
notara
que también dolía.
-
Autor:
Aiko (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 28 de marzo de 2026 a las 18:06
- Categoría: Triste
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, El desalmado, Mª Pilar Luna Calvo
- En colecciones: poemas.

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.