Última estación

Augusto Cuerva



"Última estación"
I. Prosa poética

(El tren de la madrugada)

El tren llegó sin silbato, con las ruedas forradas de luna. Era la última estación, y el andén temblaba como un pañuelo recién estrenado. En el banco de piedra, un hombre esperaba con las maletas llenas de aire. Sobre su pecho, un clavel oscuro latía con la frecuencia de un corazón que ya sabe demasiado.

Las vías se perdían en un horizonte de acacias muertas. No había reloj en la torre, solo el eco de un niño que cantaba una nana que no terminaba nunca. El revisor, con traje de hielo, bajó y preguntó por el último pasaje. Pero el hombre no llevaba billete, llevaba una carta sin remitente y un puñado de tierra de Granada.

Cuando el tren arrancó, la estación se convirtió en una isla. Las luces se apagaron de una en una, como los besos que se dan a escondidas. El hombre supo entonces que no había llegado a ningún sitio, sino que por fin había dejado de huir. En la soledad del andén, la voz de Lorca susurraba desde el fondo de los cipreses: “Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa”.

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II. Soneto

(El viajero perpetuo)

No hay reloj que resista este viaje,
ni billete que alcance a la distancia.
Soy el andén, la pálida elegancia
de un pañuelo que anuncia su celaje.

El tren se va. Su último mecanismo
cruje como una rama entre la aurora.
Mi cuerpo es una estación que se desdora,
un eco detenido en el abismo.

Llego a mí mismo cuando el viaje acaba,
pero el andén se aleja y no me escucha.
Soy el humo, la niebla, la orillada.

¿Qué ciudad sin ciprés será la justa?
En la maleta solo llevo nada:
un clavel, un espejo y la nostalgia.

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III. Décimas

(Espinelas del último viaje)

1. 

Me dijeron que el final
huele a jazmín y a cemento,
que se termina el aliento
como un agua de cristal.
Pero este tren es mortal,
lleva la noche en las ruedas,
y entre las manos, monedas
de un llanto descolorido.
¿Quién me ha cogido el olvido?
¿Quién dejó vacías las veredas?

1. 

La última estación no existe,
es un círculo de cal,
un espejo sin cristal,
una espina que no viste.
El viajero se reviste
de silencio y de ceniza,
la balanza se desliza
sin pesar la despedida.
Solo queda la partida,
solo la sombra que agoniza.

1. 

Aquí el agua no era río,
sino un puñal de corriente.
Aquí la luna deliente
se me clavó en el vacío.
¡Ay, amor, qué desvarío
de acero y caballo negro!
Me desangro, me los entrego,
las estrellas y la hiel.
Última estación, cruel:
tu sombra es mi único juego.

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IV. Romance

(Romance de la vía muerta)

A la una de la noche,
cuando el jazmín tiene espuma,
un hombre cruza la vía
con la camisa de luna.

No mira hacia atrás, que sabe
que el camino se arrepiente.
Lleva los ojos clavados
en la aguja del poniente.

“¡Ay, guardagujas, despierta!
que mi tren no tiene freno,
lleva la sangre en los faros
y el corazón en el extremo”.

El guardagujas dormía
sobre un nardo de cemento.
Una carta entre los dedos,
un reloj parado al viento.

Por la vía, los cipreses
peinan el aire moreno.
Son las cuatro de la tarde,
pero es de noche por dentro.

El tren llegó sin revisor,
sin pasajeros, sin tiempo.
Solo el eco de una copla
que cantaba el marinero.

“Si la última estación
es un barco sin estribo,
dame la mano, gitano,
que yo me voy contigo”.

Y en el andén solitario,
la luna abrió su abanico.
El hombre ya no era nadie:
era el aire, era el olvido.

---

V. Oda

(Oda a la última estación)

¡Oh estación última!
Torre de silencio,
mujer tendida entre los rieles,
piedra donde se rompen
los relojes de arena.

No eres el final,
sino la herida
que abrió la madrugada
en el pecho del viajero.
Eres el pulso verde
de la hierba que nace
entre las traviesas,
el eco del cuchillo
que degüella al olvido.

Te canto, estación última,
con la voz de los árboles,
con la boca de yeso
de las paredes blancas.
Te canto como el agua
canta al fondo del pozo:
con una melodía de raíces.

En ti se detienen
los jinetes de luna,
las muchachas de nardo,
los gitanos del alba.
En ti se besan
la muerte y la manzana,
la guitara y la espina,
el clavel y la navaja.

¡Oh, qué dulce es tu hierro
cuando la noche abre
sus puertas de granate!
¡Qué dulce el horizonte
de tu techo vacío!

Porque en tu último banco,
estación solitaria,
la tristeza se sienta
y deja de ser triste,
y el que espera comprende
que ya nunca ha esperado,
que el viaje era el regreso,
y el regreso,
la tierra en los bolsillos,
la casa siempre abierta,
la luz que no se apaga.

Autor: Augusto Cuerva Candela 
País: España, Madrid 
Todos los derechos reservados en Safe Creative

  • Autor: Augusto Cuerva (Online Online)
  • Publicado: 26 de marzo de 2026 a las 06:37
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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