Sísifo

Cristian White

Entró al autobús, saco mi tarjeta,

pago mi asiento, me dirijo hacia los asientos

traseros, esos donde los marginados van,

aquellos que solo se transforman

en almas con penas.

Los que simplemente observan el andar

del autobús sin pensar que comerán mañana.

 

Me siento, pongo mis audífonos,

escucho la música que es un bálsamo 

a esas heridas viejas que en vez de sangrar

solo expulsan desierto extensos.

Allí todo se vuelve en un espiral

y las canciones pasan y pasan

desnudas exhibiendo sus cuerpos dolidos

apretando las emociones como si fueran

limones, sacando el jugo de la melancolía.

 

¿Qué es está pesada rutina?

Una condena de noche y suburbio. 

Una roca que deba empujar 

y empujar y cuando esté a punto 

de llegar a la cima caiga y me haga comenzar de nuevo.

 

Maldita la noche que suspira en mi rostro,

maldita las huellas de silencio en la tormenta,

maldita las constelaciones de luciérnagas

maldita la carretera que en su orgía de autos 

convierte el tráfico en una avalancha 

de nubes enfermas.

 

Me bajo del autobús, camino hacia mi casa

las calles: templos de la verdad,

invocan sus demonios al oír mis pisadas

y antes de llegar a la puerta de mi casa 

el único que me espera es el reloj...

mañana hay que soltar el huracán 

del vino; beber, beber y beber.

  • Autor: El rey pálido (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 26 de marzo de 2026 a las 02:06
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 4
  • Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais
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