Entró al autobús, saco mi tarjeta,
pago mi asiento, me dirijo hacia los asientos
traseros, esos donde los marginados van,
aquellos que solo se transforman
en almas con penas.
Los que simplemente observan el andar
del autobús sin pensar que comerán mañana.
Me siento, pongo mis audífonos,
escucho la música que es un bálsamo
a esas heridas viejas que en vez de sangrar
solo expulsan desierto extensos.
Allí todo se vuelve en un espiral
y las canciones pasan y pasan
desnudas exhibiendo sus cuerpos dolidos
apretando las emociones como si fueran
limones, sacando el jugo de la melancolía.
¿Qué es está pesada rutina?
Una condena de noche y suburbio.
Una roca que deba empujar
y empujar y cuando esté a punto
de llegar a la cima caiga y me haga comenzar de nuevo.
Maldita la noche que suspira en mi rostro,
maldita las huellas de silencio en la tormenta,
maldita las constelaciones de luciérnagas
maldita la carretera que en su orgía de autos
convierte el tráfico en una avalancha
de nubes enfermas.
Me bajo del autobús, camino hacia mi casa
las calles: templos de la verdad,
invocan sus demonios al oír mis pisadas
y antes de llegar a la puerta de mi casa
el único que me espera es el reloj...
mañana hay que soltar el huracán
del vino; beber, beber y beber.
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Autor:
El rey pálido (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 26 de marzo de 2026 a las 02:06
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 4
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais

Offline)
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