Nunca supe en qué momento dejé de verlo liviano y empecé a sentirlo necesario.
Al principio era simple. Risas, mensajes sueltos, encuentros que no pedían nada. Yo tampoco pedía. O eso creía.
Le decía Gordo como quien nombra algo propio sin reclamarlo.
Un apodo tierno, íntimo, pero sin derechos. Como todo con él.
Había algo en su manera de estar que me desarmaba. No era solo lo que hacía, sino lo que insinuaba. Esa forma de acercarse y retirarse, de decir sin decir, de dejarme cerca pero nunca adentro.
Con él yo era yo, pero a medias.
Me mostraba, me cuidaba, me callaba.
Aprendí a no preguntar de más para no incomodar. A no necesitar en voz alta para no perderlo.
Él no mentía.
Eso es lo que más me confundía.
No prometía nada, pero tampoco se iba. Y en ese espacio ambiguo yo puse todo lo que sentía.
Había momentos de una intimidad que parecía amor.
Miradas largas.
Silencios compartidos.
El cuerpo cerca, la confianza, esa sensación de esto es algo, aunque nunca lo fuera del todo.
Yo quería más, pero no sabía cómo pedirlo sin romperlo.
Y él, sin mala intención, se quedaba justo hasta donde podía.
El problema no era lo que daba.
El problema era lo que yo esperaba.
Me fui acomodando a su forma.
Achicándome.
Convenciéndome de que amar sin ser elegida era una forma válida de amar.
Pero el cuerpo volvía a hablar.
La ansiedad antes de verlo.
El vacío después.
La tristeza sin nombre cuando se iba.
No era él contra mí.
Era yo quedándome donde no había espacio para quedarme.
Este capítulo no juzga.
Nombra.
Porque a veces ponerle nombre a lo que duele
es el primer gesto de honestidad con una misma

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.