Estaba un poco mareada. Me despertó el ruido de un vecino cortando el pasto. No quería levantarme, no tenía nada que hacer pero no quería levantarme. Caminé al baño y, no sé por qué, me acordé de los muertos. Puse la pava para el mate y se me cruzó, ahí parada delante de la mesada llena de agua: porque la canilla pierde y cuando no dejo el repasador enroscado se moja todo. Entonces se me cruzó por la cabeza, ahí mareada y con la pava en la mano, la imagen de un dios griego, como una estatua antigua, un cuerpo desnudo, demasiado perfecto, demasiado lejano. Me dio vergüenza. Quizás lo vi porque antes de ayer había estado leyendo sobre los griegos y los dioses. Y será, lo digo siempre, que la lectura la heredé de mi madre, la recuerdo sentada bajo la sombra del porche, devorando libros o revistas, o cualquier cosa que encontraba por ahí o le prestaba alguna vecina. Y ahí es cuando me acordé de papá, su foto con el marquito finito color café, parado con un taco de billar, rodeado de los muchachos, en blanco y negro, sonriendo, más feliz que nunca. ¿Cómo es que pasan cosas, que nos pasan cosas que matan esa felicidad? ¿cómo es que somos tan nada, tan poco importantes para el mundo que un hombre como él pierde esa felicidad? Y me puse a pensar en esas cosas, ¿y para qué?, ¿por qué no llenar el puto mate y tomarme el desayuno y ya está?, ¿para qué pensar? Pero no pude evitarlo, porque nuestra cabeza es como una serpiente, traicionera y que conoce los puntos débiles y ahí te ataca, te deja sin dormir o te escupe pesadillas. Pero sentí, no sé por qué, que papá estaba ahí, que me miraba pero sin sonrisas. Y mi cabeza siguió y me acordé de la policía, unos tipos gigantes, entrando a casa sin permiso, otros tipos vestidos con suéter o esas camperitas ajustadas que se usaban en los ’70, zapatos de cuero con tacos y un fusil en la mano. Le dijeron hijo de puta, le dijeron que nos llevaría a nosotras también, le dijeron, mientras un tipo lo apretaba con la pared de machimbre, retorciéndole el brazo, le dijeron a mamá que algo habrá hecho, eso le dijeron unos vecinos, que algo habrá hecho. “No se preocupe, señora, que lo vamos a cuidar bien”. “Escuchame Gladis, en algo andará que a vos no te contó, no van a buscar a un tipo por asistir a dos o tres reuniones del sindicato”. “Señora, tranquilícese y cuéntenos bien, siéntese; por qué su hija no espera afuera mejor”. “Nosotros no podemos hacer nada”. “¿Pero no se los puede visitar al menos?”. “No digas nada, no comentes nada, no cuentes nada”. “Vos te tenés quedar con los buenos recuerdos de él”. “El presidente destacó la importancia de la adquisición de papel prensa”. “El presidente destacó la importancia de ejercer la libertad de expresión con responsabilidad”.
Y de repente pensé: ¿por qué no apoyás la pava de mierda y prendés el fuego y te dejás de joder? Pero no podía, estaba congelada, como si papá me estuviera mirando, como ese dios griego, desnudo, atrapado en el pasado, en la memoria, desaparecido en el tiempo, en un tiempo atroz, de locura y silencio.
Escribo esto en 1992. Espero que en treinta años, esté viva o muerta, o quizás vagando ya como un fantasma torpe y mareado, que alguien me diga: Argentina sanó; ya nadie le hace caso a los violentos, los egoístas o los que desprecian a los pobres o los trabajadores. Y es que eso me acuerdo de papá también, que para qué se rompió el lomo trabajando, y lo mismo mi abuelo y lo mismo yo, para no tener nada, para nunca tener nada.
-
Autor:
Javier Perez Driz (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 24 de marzo de 2026 a las 00:33
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.