Ardiente amor
I. Prosa
Ella pasó. No supe cómo llamar a aquello que se clavó en mi pecho como una espada de luz, porque no era deseo ni era olvido, sino algo más terrible: un ardor que no calienta, sino que abrasa desde dentro. La vi cruzar la calle, perderse entre la niebla, y me quedé vacío y lleno a la vez, como un instrumento roto que aún vibra. Dicen que el amor es dicha; yo sé que este amor es una herida que respira, un fuego que no encuentra leña y que, sin embargo, no cesa. ¿Qué nombre poner a lo que duele con tanta belleza?
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II. Soneto
En sombra y lumbre nace este tormento,
no sé si bendición o si castigo;
arde en la sangre con callado ruido
y crece mientras calla el pensamiento.
Tu imagen es la herida y el aliento,
tu ausencia, el ascua viva del abrigo;
buscándote en mi sol me desabrigo,
y hallándome, te pierdo en el lamento.
¿Qué amor es este que no pide nada
más que arder en su propia llama yerto?
No es carne, no: es la memoria helada
que enciendo yo para sentirte cierto.
Porque si duermo, muerdo la estocada;
si velo, sueño que jamás despierto.
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III. Décimas
¿Qué llama es esta que quema
sin abrasar la piel leve?
Es el amor que se atreve
a ser ceniza y diadema.
Tu nombre en mí se planta yrema
como un jazmín de metal,
y en mi costado, un puñal
de dulzura y agonía.
Este amor es poesía
que duele en modo inmortal.
Nace en la tarde, en la grieta
de un adiós que no fue dicho.
Es un errante capricho
que en mi pecho se aquieta.
Ardo, y la llama es secreta,
no alumbra, solo consume.
Y en la noche, mi costumbre
es llamarte en la penumbra,
palabra que se deslumbra
y en mi silencio se suma.
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IV. Romance
En la noche, cuando duermen
los perros y las campanas,
él se sienta junto al río
con su herida en carne viva.
—Amor, amor, amor mío,
¿por qué te vas y no llegas?
Te busco en el aire frío,
te encuentro en las piedras ciegas.
A veces, cuando la luna
se derrama sobre el agua,
creo ver tus manos blancas,
creo oír tu voz lejana.
Pero es el viento, es el viento,
que me trae tu nombre y juega;
y al nombrarte, se hace fuego,
y al arder, se hace leyenda.
Así pasa sus vigilias
el que ama sin espera,
con la lengua llena de astillas
y el corazón en hoguera.
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V. Alejandrinos
El ardor que me habita no es lumbre de la tierra,
es llama que se nutre de sombra y de distancia.
Mi pecho es un paisaje que con tu nombre aterra
y es dulce la condena de arder en tu fragancia.
No busco tus pupilas, no ansío tu presencia:
me basta con la herida que tu recuerdo enciende.
Tu ausencia es mi morada, tu olvido es mi paciencia,
y el fuego que me quema también me recomienda.
Voy ardiendo en la noche como un faro sin puerto,
con las manos vacías y el corazón entero.
Tu imagen es mi norte, tu olvido es mi desierto,
y en medio de las llamas, callado, te pregunto:
¿Qué nombre tiene el agua que arde sin dar reposo?
¿Qué nombre tiene el sueño que vela con los ojos?
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VI. Última prosa
Y así vivo, con esta brasa bajo la lengua y este temblor en los huesos. Bécquer lo supo: el amor verdadero no es el que se posee, sino el que se sueña; no el que descansa, sino el que arde eternamente en la memoria. Ella pasó, y yo quedé ardiendo. No la nombro porque temo apagarla; no la olvido porque temo morir. Este amor no tiene fin porque no tuvo principio: nació de una mirada y se alimenta de su ausencia. Mientras haya noche y haya versos, mientras haya un corazón que sepa arder sin llama, así seguiré. Ardiente. Solo. Vivo en esta muerte que llaman vida.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: España, Madrid
Todos los derechos reservados en Safe Creative
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Autor:
Augusto Cuerva (
Online) - Publicado: 23 de marzo de 2026 a las 17:03
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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