No hubo instrucciones.
Llegué a la esquina con una mochila verde,
un cuenco de tela donde el vacío pesaba
más que cualquier pertenencia.
Ni una muda, ni el roce de lo íntimo;
solo la urgencia de quien se sabe convocado
sin saber para qué.
Pasó el bus de los otros,
el de la siembra y el sudor de las horas largas.
Luego, el nuestro:
un pequeño cofre de metal y vidrio
donde el chofer oficiaba de aduanero.
—¿Han estado alguna vez en un confesionario?— preguntó.
A los que negaron, se les cerró el horizonte.
A mí, me pidió el rastro de un mensaje,
la última palabra enviada a un hermano de sombras.
No supe responder.
El olvido era mi salvoconducto.
Subimos.
El bus avanzaba casi hueco,
limpio de ruidos, preñado de futuro.
La casa nos recibió con su blancura de templo, gigante y sola, donde el alcohol y el cristal de las pantallas estaban prohibidos para que no hubiera huida.
Allí, el libre albedrío era la única ley:
limpiar o dejar que el polvo dicte su sentencia, lavarse el cuerpo o habitar la propia costra.
Me detuve ante una mesa desierta.
Solo un florero de rosas rosadas
sostenía el peso de toda la belleza.
Y afuera, tras el cristal,
el niño que es mío jugaba en el patio,
ajeno a mi ausencia, a salvo en su calma,
como si para amarlo ya no hiciera falta cargarlo en los brazos,
sino simplemente dejarlo existir en la
transparencia de esta nueva limpieza.
-
Autor:
Maria elizabeth Freire (
Online) - Publicado: 23 de marzo de 2026 a las 12:29
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.