El puente no es piedra, es un arco de tensión,
donde el viento del río nos roba el aliento:
Hattie ajusta su abrigo con muda obsesión,
mientras yo puntual, como el mismo viento.
Ella me mira, observa ese mapa de roca,
y lucha por no estirar la mano y tocar la historia,
siento su perfume, que el aire trastoca,
y odio un poco por ser su memoria y su gloria.
Caminamos tan cerca que el roce es herida,
un chispazo eléctrico entre la seda y el cuero,
ella habla de excusas para sentirse con vida,
callo por miedo a decirle: "Te espero".
Mordemos un falafel como quien muerde el miedo,
sentados tan juntos que el viento se acaba;
me sugiere un "sur" con un torpe denuedo,
buscando una excusa para que no me vaya.
—La tierra no se elige—, le digo, con la voz quebrada,
queriendo decir que mi tierra ya es ella;
pero el orgullo es una muralla sagrada
y el prejuicio es un rastro que apaga la estrella.
Guardo sus mensajes como un rezo prohibido,
ella llora en su ático el frío de sus manos,
nos deseamos con un hambre de siglo perdido,
pero nos tratamos como dos extraños lejanos.
Nos damos la mano al fin, un contacto de fuego,
un adiós que es un ruego que nadie descifra,
nos damos la espalda rápido, en este cruel juego,
donde el amor es la única... invencible cifra.
“Caminamos sin mirar atrás; los dos guardando el calor y el halo, los labios temblorosos”
-
Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 22 de marzo de 2026 a las 16:40
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.