Geografía del deseo
Contemplo el ocaso desde la alta piedra, donde la urbe se desdibuja en polvo de oro y sombra,
y pregunto a la espesura sagrada por el paradero de esa mitad que me falta para ser íntegro,
para que el alma antigua del bosque rompa su clausura secular con un murmullo de raíces,
y mueva los enormes pliegues de la tierra hasta que tu presencia se deslice en la curva de mi pecho,
navegante errante por mis geografías aún no trazadas, huésped de lo que en mí permanece inexplorado.
Mido la distancia con el hilo frágil de un deseo que no conoce mapas ni fronteras establecidas,
y te convoco a naufragar en mi dársena secreta, donde las olas tienen nombre de resguardo;
porque yo correré descalza sobre los arrecifes para alcanzar tu nave antes del hundimiento,
te brindaré el abrigo de una costa que no condena, sino que acoge cada resto de tormenta,
y seré faro vertical contra la intemperie para que nunca más tu rumbo se extravíe en la niebla.
Solo ven, o entrega una señal tangible como el latido de un pájaro contra la ventana cerrada,
una prueba de que aún no has depuesto las armas del que busca sin certeza pero con fervor,
de que no has decretado mi muerte sin haber indagado si existo más allá de tus sospechas;
no sepultes tus dudas en el silencio, sino prosigue la pesquisa con el ahínco del que sabe
que hay una verdad aguardando en el centro del laberinto donde confluyen nuestros pasos.
He acumulado tanta ternura en los pliegues de mis días como un viñedo retiene la luz del estío,
y toda esa dulzura fermentada espera para verterse en la copa de tu nombre pronunciado;
tengo la vida entera dispuesta como un campo sin sembrar que anhela la forma de tus manos,
para dedicarme al cultivo de tu mirada con la paciencia de quien labra un huerto perpetuo,
y para contemplarte en el ciclo completo de las estaciones sin que el asombro se agote.
Permíteme entonces posar mi oído sobre la cueva de tu pecho para medir la fuerza de tu centro,
saber si tu sangre circula con el ímpetu de los ríos que bajan de la cordillera hacia la llanura,
mientras yo descanso en la hondura de tu regazo como una embarcación que atraca por fin,
confundiendo mi ritmo con el tuyo hasta que el límite entre dos cuerpos se torne irrelevante,
y seamos apenas una respiración única moviendo el aire en la penumbra compartida.
Mi querencia hacia ti se teje con la urdimbre ingenua de quien aún cree en lo invisible,
y extiendo estos brazos hacia la bóveda celeste como si de su cúpula pudiera descolgarte,
como si el firmamento fuera un árbol cuyas ramas altas sostienen tu figura entre sus frutos,
y mi voluntad de tenerte se vuelve plegaria sin divinidad conocida, pero llena de unción,
porque el amor que no se contamina con la astucia conserva la frescura del origen.
Te quiero en esa dimensión que las reglas de la sociedad no alcanzan a normar ni reducir,
porque nada de lo que pactan las costumbres, ni lo que impone el tráfico de las calles,
puede privarme de esta compañía que es pura presencia aunque no ocupes el espacio,
y sé que mi amor por ti se despliega en la dulzura de un verbo que no se cansa de nombrarte,
con la misma suavidad con que el musgo cubre las piedras junto al cauce de un arroyo quieto.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Noviembre, 2024.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 22 de marzo de 2026 a las 00:43
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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