LOS TRIARCAS DEL IRIS

Mari.o

LOS TRIARCAS DEL IRIS

 

Eran tres sombras con garras: Nigredo, oscuro como el carbón de las fraguas; Albedo, pálido como el vapor del mercurio y Rubedo cuyo pelaje gris parecía contener el fuego de un atardecer perpetuo. No eran simples bestias, sino los acólitos de Aethelgard Luxumbra, el Archi-maestre-físico-químico, un hombre cuya alma se había disuelto en ácidos para entender la luz. 

 

Cada viernes, bajo el palio de una Europa sumergida en el medievo, los gatos acechaban las plazas. No buscaban ratas, sino la humedad de la mirada femenina. Coronados con sombreros de copa color púrpura —tan altos que parecían chimeneas de un circo maldito—, emitían un ronroneo que atraía deliciosamente a sus víctimas. Rubias, gitanas o castañas; todas sucumbían al magnetismo de sus pupilas verticales. Una vez hipnotizadas, los felinos las conducían al laboratorio de Luxumbra, una cabaña oculta en las entrañas del bosque. 

 

Allí, con una presición digna de quien explora las estrellas, el Maestre les succionaba el iris. Y aunque temporal, las dejaba vivas pero vacías: espectros daltónicos que deambulaban por la ciudad con ojos de alabastro, viendo un mundo donde el sol era una mancha gris y la sangre, un río de sombra. 

 

¿QUÉ RAZONES TENDRÍA EL ARCHI-MAESTRE? ¿POR QUÉ EL ÍRIS? 

 

Aethelgard perseguía la "Mirada Cósmica". Sostenía que el ojo humano no percibe la realidad, sino que la filtra. «El ojo azul contempla un universo celeste; el ojo verde habita una clorofila infinita; el ojo castaño al ocre de la tarde, el ojo oscuro, el único capaz de resistir el abismo», escribía en sus grimorios. Su plan era destilar cada pigmento, hibridarlos en prismas de cuarzo y forjar una lente definitiva: una retina capaz de mirar a través de los poros del tejido universal y no solo ese puñado de estrellas pálidas y lejanas que los mortales llaman cielo. 

 

En su laboratorio, Aethelgard clasificaba cada gota según su "peso espectral", los envasaba en pequeños bulbos. Llenaba manuscritos de fórmulas, dibujos y observaciones. Quería llegar a las últimas instancias, pero a medida que su monóculo captaba verdades prohibidas, su razón se astillaba. La ciudad, mientras tanto, se poblaba de mujeres desdibujadas que chocaban contra las paredes de una realidad sin matices.

(...) 

 

La gente de la ciudad estaba atemorizada de la 'maldición' que había caído sobre sus mujeres. La iglesia trataba de explicar con monsergas; y aún así, la gente vivía ansiosa. Buscaron culpables y no los hallaron. Nadie podía pensar en achacar el mal a unos gatos muy monos. Sin embargo, desaparecieron de la plaza por un tiempo, ya que continuaba la búsqueda de los responsables y la ciudad era un caos. 

 

Un escuadrón transitaba el umbral del bosque, cuando de repente, el alguacil Neville halló jirones de seda y huellas de garras en el barro, El escuadrón se adentró a las profundidades del bosque siguiendo el rastro. Cruzaron el río y dieron con una vieja choza. Acto seguido: tocaron la puerta para preguntar quién vivía ahí, con la suerte de poder abordar el tema que aquejaba a las mujeres de la ciudad. 

(...) 

 

EL ENCUENTRO EN LAS ENTRAÑAS DEL BOSQUE 

 

El alguacil Neville no era hombre de supersticiones, sino de evidencias. Cuando cruzó el umbral de la cabaña, el olor a ozono y trementina le llenó los pulmones. Frente a él, Aethelgard Luxumbra manipulaba un prisma

de cuarzo con la 'precisión digna de quien explora las estrellas'. 

 

—Mi nombre es Aethelgard Luxumbra —dijo el Maestre sin girarse—. Y usted, alguacil, busca una verdad que no cabe en sus archivos de cuero. 

 

Sorprendido por la agudeza intuitiva de aquel. Neville recorrió el laboratorio con ojos de halcón. Vio los frascos donde los iris palpitaban como medusas de color cautivo. 

 

—Mucho gusto, Monseiur Luxumbra—saludó el alguacil carraspeando. Soy el inspector Fritz Neville. ¿A qué se dedica usted?

—Soy un cartógrafo, alguacil. Pero no de tierras, sino de la luz.

—¿Trabaja para algún gremio?— inquirió el alguacil.

—No. Me dedico al estudio de las plantas y, dada la dedicación que se necesita para estudiar de cerca ciertos especímenes; he mudado mi laboratorio en las entrañas del bosque— adució. 

—Agradezco su respuesta. ¿Podría enseñarme su laboratorio? 

—Sin problema, pase— asintió el maestre. 

 

Entró el alguacil, y se sorprendió de lo tan ordenado y escrupulosamente clasificado del laboratorio. Se detuvo ante los bulbos. Vio la clasificación escrupulosa, las etiquetas en latín y los pigmentos que palpitaban. Entonces, una voz profunda comprendió que Luxumbra operaba con la 'precisión digna de quien explora las estrellas'. No buscaba dañar a las mujeres de la ciudad; buscaba desmantelar el universo, pieza por pieza, iris por iris, para reconstruirlo en una sola mirada definitiva. Y aunque se espantó de tan aguda elucubración, siguió observando los archiveros y mostradores, los instrumentos y materias... y los gatos. Entonces preguntó intrigado: 

 

—Le tengo una pregunta. 

—Dígame.

—Esos gatos se me hacen conocidos. Los veo en la plaza de la ciudad todos los viernes, vestidos de seda púrpura y robando la voluntad de las gentes. Muchas mujeres se les acercan para acariciarlos. ¿Son los mismos?— preguntó sorprendido.

—A veces mis gatos salen al bosque y no regresan hasta tarde. Quizá van a cazar aves o roedores. Son muy independientes. 

—Se parecen mucho. Juraría que son los mismos. 

—Mis gatos cazan roedores, inspector —adució el Maestre, mientras los tres felinos se acicalaban con un desdén que erizaba la piel.

—Cazan más que eso, Monseiur. Cazan la luz de nuestras mujeres—replicó fascinado.

—Mis gatos solo recogen lo que el mundo desperdicia, alguacil —respondió Luxumbra, finalmente girándose. Sus ojos no eran humanos; eran lentes que parecían enfocar una constelación lejana—. Ellos son las fases de una obra que usted, con su ley de hierro y barro, jamás podrá comprender.

(...) 

 

El alguacil guardó silencio por un momento, cuando nuevamente el maestre volvió a inquirir. 

 

—¿Qué es lo que busca alguacil?— preguntó el maestre con aire molesto.

—Estoy investigando un asunto grave que está sacudiendo la ciudad. Especialmente con las mujeres, quienes son las afectadas. 

—Prosiga.

—Por alguna extraña razón, las mujeres desaparecen unos días. Luego, aparecen misteriosamente deambulando como fantasmas. Regresan sin ningún tipo de herida, más que la de sus ojos. 

—¿Qué ocurre en sus ojos?— preguntó el maestre atraído por lo que le diría el alguacil.

—Sus ojos regresan en blanco. Las mujeres afectadas no pierden la vista, pero sucede que no pueden ver a color. Es decir, algo muy raro les extrae su iris, dejándoles la visión pálida. ¿Usted sabe que puede causar tal efecto?— preguntó con esperanza el alguacil. 

—Soy un hombre de ciencia, y como tal, mi deber es decirle que, algún tipo de patógeno está causando una reacción en el aire. Enrareciendolo hasta tal punto que las mujeres afectadas no lo sospechan. 

—¿Y por qué afecta solo a mujeres? ¿Y por qué las mujeres desaparecen y luego aparecen con los ojos de alabastro?

—Puede que las mujeres químicamente sean mejores candidatas a intoxicarse por ese aire—explicó. 

—¿Y sabe por qué desaparecen y luego aparecen?... algo no encaja. 

—Me temo que al entrar en contacto con aquel aire maldito, las mujeres pueden perder la vista por días. Entonces, en su andar, se pierden en el bosque. Y cuando recobran la vista, regresan aturdidas. 

—Eso explica las ropas femeninas— se dijo en soliloquio. 

—¿Cuáles ropas?— preguntó el maestre. 

—De camino al bosque, encontré ropa de mujer y unas pisadas pequeñas como de zorro o gatos salvajes. 

—Lamento decirle que no tengo respuesta para ello— replicó. 

 

Mientras el silencio comenzaba a apoderarse del laboratorio, al alguacil se le hizo curioso mirar unos frascos transparentes que contenían extraordinarias pinturas luminiscentes que cotilleaban las unas a las otras como en un campo de flores. Nunca había visto tantos colores juntos y armonizados. Sentía que aquellos colores lo miraban. Se levantó de su lugar y fue directo a los frascos. Se disponía a abrir un frasco, cuando de pronto: 

 

—Le pido que no toque mis frascos. 

—¿Qué pasa si los toco? 

—Me voy a ver en la necesidad de pedirle que se retire, además, iré a la ciudad a levantar una queja por su mala conducta. Le aconsejo que no lo haga porque [...]. 

—¿Qué va a pasar?— preguntó con voz retadora. 

 

El maestre sopló sus manos que sumió al alguacil en un letargo de pesadillas cromáticas. Después del incidente, fue a la ciudad, se dirigió a la oficina del comandante para contar lo sucedido y meter una queja por la imprudencia del alguacil. Regresó a su laboratorio con algunos hombres de la comisaría. Despertaron al alguacil y se lo llevaron. De esta suerte, el maestre no volvió a saber de él durante largos meses.

(...) 

 

Las mujeres seguían desapareciendo y apareciendo con los ojos en blanco. Mientras tanto, el alguacil se mantenía investigando. Sabía que no podía acudir de nuevo a visitar al maestre, pues lo tenía prohibido. Esa era la parte que le faltaba en su investigación, tenía indicios de aquellos coloridos frascos. Desafortunadamente no podía volver. 

 

El alguacil planeó esconderse entre el bosque y, meterse a escondidas en el laboratorio cuando nadie estuviese. Paso semanas investigando los pasos del maestre, solo necesitaba afinar detalles. El único problema que notó, fue que el maestre estaba muy metido en su oficio, por lo tanto,  salía muy poco de su cabaña. Solo iba al río una vez por semana para recolectar frutos y agua. El alguacil midió el tiempo que el maestre tardaba en ir y llegar a su cabaña. Sabía que si lo hacía con total precisión no habría algún inconveniente. 

 

Llegado el momento, y, agazapado entre los arbustos, espero pacientemente. Los gatos no estaban, y el maestre tampoco estaría por un rato. Espero y espero, hasta que al fin, se escuchó la puerta de la cabaña. El maestre introdujo la llave a la cerradura, asegurándose que haya quedado bien cerrada. El alguacil aguardó otro momento hasta que el maestre se alejó, así que, rápido se escabulló hasta llegar a la ventana. Una ventana que previamente le había colocado un pasador. Ingresó al laboratorio y comenzó a buscar pistas. 

 

Miró los frascos, lo atemorizaban, algo extrañamente lo atemorizada. Pudo abrir los frascos, pero algo se lo impidió. Desistió en su afán. Aún así, siguió buscando pruebas hasta que en un cajón del guardarropa, vio los apuntes del maestre. Comenzó a ojearlos cuando de pronto, vio algunas ilustraciones que contenían la anatomía de los ojos. Le atrajo un dibujo donde podía apreciarse una cara bifronte que contenía seis ojos diferentes cada una. Aquello no era ciencia; era la cartografía de una mutación. 

 

De repente, el alguacil escuchó a los gatos que rodeaban la cabaña. Pensó que se había tardado más de los planeado, pues el maestre estaba por llegar. Guardó el manuscrito en la chaqueta y salió corriendo por la ventana, tomó a su caballo y se fue apresurado. Al llegar a la ciudad, se fue directo a su oficina, y ahí, sin poder dormir, revisó cuidadoso cada una de las páginas escritas. Sabía que estaba frente a la resolución del caso. 

 

EL ENFRENTAMIENTO: LA PURGA DEL ARCOIRIS 

 

Neville volvió de nuevo a la choza de Luxumbra, pero no irrumpió solo,  lo acompañaba Elowen, una costurera cuyos ojos, antes color avellana, eran ahora dos esferas de mármol muerto. Cuando el alguacil pateó la puerta, Luxumbra ni siquiera parpadeó; sus manos seguían operando sobre un prisma con la 'precisión digna de quien explora las estrellas'. 

 

—Detenga esta blasfemia, Luxumbra —rugió Neville, desenvainando un acero que reflejó la luz verdosa de los bulbos, pero se detuvo en seco al ver a Elowen, la costurera, de pie frente al Maestre. Ella no gritaba; permanecía inmóvil, con sus ojos de alabastro fijos en el vacío. 

 

—¡Le has robado hasta el último rastro de vida de sus retinas!— gritó el alguacil. 

 

Aethelgard no se inmutó. Ajustó el monóculo con la 'precisión digna de quien explora las estrellas' y señaló a la mujer con un dedo largo y pálido. 

 

—Se equivoca, alguacil. No le he robado la vida; la he emancipado del carnaval de las apariencias. —Luxumbra se acercó a Elowen con una ternura aterradora—. Usted ve el mundo a través de una vidriera sucia de pigmentos vulgares. Ella, en cambio, ahora posee la visión de los ángeles y los astros. He purgado de su mirada la mentira del color para que pueda contemplar la arquitectura desnuda del vacío. 

 

Neville retrocedió, asqueado por la lógica del Maestre. 

 

—Ella ya no ve la sangre, ni el cielo, ni el rostro del hombre. Ella ve lo que hay detrás de esas máscaras, Neville —sentenció Luxumbra mientras Nigredo y Albedo se frotaban contra sus tobillos—. El color es el velo que Dios puso sobre los ojos de los débiles para que no enloquecieran ante la inmensidad. Yo solo he corrido la cortina. 

 

(...) 

 

EL JUICIO DE LA LUZ 

 

Al día siguiente, el alguacil presentó las pruebas frente a La Corte donde acusaba al maestre de todas las atrocidades contra las mujeres. La Corte pidió tiempo para dictaminar los delitos. Parecía una locura que un hombre pretendiese fabricar tal abominación. Entonces Neville presentó a las víctimas en una sala a oscuras. Pidió que encendieran cientos de velas. Las mujeres no parpadearon; sus ojos de alabastro reflejaban las llamas pero no las veían. A continuación, muestra los bulbos al juez. Al abrirlos sutilmente sin reparo, la sala se tiñió de un color que no debería existir en la tierra. Los jueces se aterrorizan no por el robo, sino porque por un segundo vieron lo que Luxumbra veía, y la belleza era tan violenta que les dolía. ¡¡Brujería, brujería!!—Se escuchó gritar a los jueces. Tomaron los bulbos y los lanzaron al fuego, asimismo y sin dilaciones, mandaron a traer al brujo. 

 

Durante el juicio, los gatos no estuvieron en una jaula. Estuvieron libres, sentados en las vigas del tribunal. No atacaron porque, desde su perspectiva, el juicio era una obra de teatro irrelevante. Solo bajarán cuando Luxumbra sea sentenciado, y caminarán hacia él como si fueran sombras reclamando a su dueño. 

 

—Defiendase de sus cargos— le pidieron a Luxumbra, por lo que un juez le preguntó la razón del porqué robaba el iris de las mujeres, a lo que él respondió: —No les quité la vista, les quité la distracción. Les otorgué la pureza de la visión para que dejaran de ser engañadas por la ilusión óptica. 

 

El tribunal de Sarco se sumió en una penumbra artificial. El Juez Supremo exigió más pruebas. Neville, con una solemnidad gélida, guardaba un último y especial bulbo bajo su casaca, así que colocó sobre el estrado el Bulbo Mayor, el que contenía la esencia de cien miradas castañas. 

 

(...) —Ustedes lo llaman robo —prosiguió Luxumbra desde su banquillo—. Yo lo llamo piedad. Les quité la distracción de la superficie para que pudieran contemplar la arquitectura del vacío. Neville, siguiendo una corazonada oscura, destapó el bulbo bajo la luz de una única vela. Así, la filtración de realidad se hizo presente. Por un segundo, los jueces no vieron la sala; vieron el ocre de un atardecer eterno, un color tan denso y puro que varios sollozaron de dolor. Fue un sacrilegio sensorial: Luxumbra les había permitido mirar a través de los poros del mundo, y la belleza era insoportable para hombres de barro.—¡Condenado! —sentenció el Juez—. No por asesino, sino por exponer la desnudez de Dios. Luxumbra sonrió.  

 

LA EJECUCIÓN: EL ECLIPSE FINAL 

 

El día de la ejecución, el aire pesaba como plomo. La Corte de Sarco nunca había visto un reo tan sereno. Habían visto lo que ningún hombre vería jamás: la muerte era un trámite aburrido. Aethelgard Luxumbra permanecía en el banquillo de piedra con una rectitud mineral, mientras a sus pies, tres sombras de pupilas verticales montaban guardia. 

 

El juez, haciendo crujir los pergaminos, dictó la sentencia: 

 

—Por la osadía de cubrir de sombras los ojos de las ciudadanas de Sarco y condenar a nuestras mujeres a un mundo de ceniza. Culpables de "Robo de la Esencia Divina", sentencio a la horca a este nigromante y a sus tres incondicionales bestias. 

 

Luxumbra no mucitó palabra alguna. Su mente ya no habitaba el estrado, sino que navegaba en esa "numinosidad" donde los colores son vibraciones del espíritu. En el cadalso, frente al nudo de esparto, los gatos no bufaron ni mostraron las uñas, pues ya no caminaban sino que se deslizaban sobre las dudas de los hombres. Nigredo se enroscó primero; Albedo lamió una última vez su pata de nieve, y Rubedo fijó sus ojos rojos en el horizonte, como si viera el amanecer de otro mundo. Habían completado la transmutación. 

 

—Que encuentren perdón en el más allá. ¡Rompan la cuerda! —rugió el verdugo. 

 

En el momento en que se rompió la cuerda, ocurrió un fenómeno óptico. El Sol perdió su brillo y, por un instante, todos los presentes en la plaza perdieron la capacidad de ver el color. El mundo se volvió gris por algunos segundos (el tiempo que tarda Luxumbra en morir). Neville miró su reloj de bolsillo y notó que las manecillas de oro se habían vuelto de plomo. Cuando Luxumbra exhaló, el color regresó, pero Neville quedó con la duda de si lo que recuperaron es el color real o solo una ilusión barata. 

 

El cuerpo de Aethelgard Luxumbra osciló en el aire, pero el silencio que siguió fue absoluto. No hubo espasmos, solo el brillo residual de un hombre que había visto demasiado. 

 

(...) 

 

Loa soldados confiscaron sus pertenencias, rompieron sus libros y quemaron su laboratorio. Dos siglos después, un investigador tuvo la suerte de tomar prestado el único diario que permanecía oculto entre los ladrillos húmedos de la ruina. El epitafio de Aethelgard Luxumbra seguía allí, brillando con una fosforescencia legendaria. En la última página, escrita con una caligrafía que parecía vibrar bajo la luz de las velas, se leía la sentencia definitiva de Aethelgard Luxumbra: 

 

«Mutilé mil miradas buscando la refracción del Infinito, solo para hallar que el Universo es un ojo ciego que nos observa desde el envés de la retina. No hay color en la luz, sino en el hambre de quien mira; el mundo es gris, y es nuestra propia sangre la que tiñe de púrpura el abismo».

 

  • Autor: Mario (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 21 de marzo de 2026 a las 15:17
  • Comentario del autor sobre el poema: Gracias por su amable lectura.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
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