A veces uno se pierde

Alberto Balderas S.

A veces uno se pierde

 

A veces uno se pierde

y no es en los caminos

ni en las avenidas que cambian de nombre

ni en los mapas que olvidamos doblados

en el fondo de algún cajón.

 

Uno se pierde

en silencio

casi sin darse cuenta.

 

Se pierde

cuando la vida empieza

a hacerse más grande

que las certezas que uno tenía guardadas.

 

A veces uno se pierde

un martes cualquiera

cuando la rutina

de pronto se vuelve un espejo

y uno descubre

que hay preguntas nuevas

mirándolo fijamente.

 

Entonces ocurre algo extraño.

 

Uno sigue caminando

saluda

trabaja

sonríe cuando corresponde

dice “todo bien”

aunque por dentro

haya un pequeño desorden de pensamientos

buscando su lugar.

 

Porque perderse

no siempre es dramático.

 

A veces es apenas

una sensación leve

como cuando el viento mueve las cortinas

y uno no sabe exactamente

de dónde viene.

 

A veces uno se pierde

cuando entiende

que crecer

no era exactamente

como lo imaginaba de niño.

 

Que los sueños

no siempre llegan con música de fondo

ni con aplausos

ni con esa claridad perfecta

que prometían las historias.

 

A veces llegan

con dudas.

 

Con silencios largos.

 

Con noches en las que uno se pregunta

si está yendo

hacia donde realmente quería ir.

 

Y ahí

en medio de ese pequeño laberinto

uno empieza a descubrir algo.

 

Que perderse

también tiene su forma de enseñanza.

 

Porque cuando todo está claro

uno casi no mira alrededor.

 

Pero cuando el camino se vuelve incierto

entonces sí

uno observa los detalles.

 

Una conversación sencilla

que de pronto ilumina una idea.

 

Un recuerdo

que aparece como una lámpara antigua

encendida en la memoria.

 

Una canción

que dice exactamente

lo que uno no sabía explicar.

 

A veces uno se pierde

porque la vida

está moviendo los muebles del alma

y al principio

todo parece fuera de lugar.

 

Las certezas cambian de sitio

los planes se vuelven preguntas

y lo que antes parecía definitivo

de pronto

solo era una estación de paso.

 

Y uno aprende

despacio

a convivir con eso.

 

Aprende que no todo tiene respuesta inmediata

que hay caminos

que se revelan solo después de caminar mucho.

 

Que hay verdades

que llegan tarde

pero llegan más firmes.

 

A veces uno se pierde

cuando alguien se va

cuando un sueño cambia

cuando una puerta se cierra

sin explicación.

 

Y durante un tiempo

uno camina así

como quien busca algo

que no sabe exactamente cómo nombrar.

 

Pero la vida

que tiene una paciencia extraña

siempre deja pequeñas señales.

 

Una idea que vuelve

un deseo que insiste

una esperanza diminuta

que se niega a desaparecer.

 

Entonces ocurre algo silencioso.

 

Uno empieza

muy despacio

a encontrarse otra vez.

 

No de golpe

ni con fuegos artificiales.

 

Sino como vuelve la luz

cuando amanece.

 

Primero apenas

una claridad tímida

en la orilla del cielo.

 

Después

los colores.

 

Después

la certeza de que el día

está comenzando.

 

Y uno entiende algo

que antes parecía imposible:

 

que perderse

no era el final del mapa.

 

Era el momento

en que la vida

estaba dibujando

un camino nuevo.

 

Uno más real

más humilde

más propio.

 

Porque a veces

solo cuando dejamos de saber exactamente quién somos

empezamos

por primera vez

a descubrirlo.

 

Y entonces

con un poco más de calma

con algunas cicatrices nuevas

y con la mirada más despierta

 

uno sigue caminando.

 

No porque tenga todas las respuestas.

 

Sino porque ahora sabe

que incluso en medio de las dudas

 

la vida

todavía

tiene caminos

esperando.

 

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  • Autor: Naschbel (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 21 de marzo de 2026 a las 14:43
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: Cotidianidades.
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