A veces uno se pierde
A veces uno se pierde
y no es en los caminos
ni en las avenidas que cambian de nombre
ni en los mapas que olvidamos doblados
en el fondo de algún cajón.
Uno se pierde
en silencio
casi sin darse cuenta.
Se pierde
cuando la vida empieza
a hacerse más grande
que las certezas que uno tenía guardadas.
A veces uno se pierde
un martes cualquiera
cuando la rutina
de pronto se vuelve un espejo
y uno descubre
que hay preguntas nuevas
mirándolo fijamente.
Entonces ocurre algo extraño.
Uno sigue caminando
saluda
trabaja
sonríe cuando corresponde
dice “todo bien”
aunque por dentro
haya un pequeño desorden de pensamientos
buscando su lugar.
Porque perderse
no siempre es dramático.
A veces es apenas
una sensación leve
como cuando el viento mueve las cortinas
y uno no sabe exactamente
de dónde viene.
A veces uno se pierde
cuando entiende
que crecer
no era exactamente
como lo imaginaba de niño.
Que los sueños
no siempre llegan con música de fondo
ni con aplausos
ni con esa claridad perfecta
que prometían las historias.
A veces llegan
con dudas.
Con silencios largos.
Con noches en las que uno se pregunta
si está yendo
hacia donde realmente quería ir.
Y ahí
en medio de ese pequeño laberinto
uno empieza a descubrir algo.
Que perderse
también tiene su forma de enseñanza.
Porque cuando todo está claro
uno casi no mira alrededor.
Pero cuando el camino se vuelve incierto
entonces sí
uno observa los detalles.
Una conversación sencilla
que de pronto ilumina una idea.
Un recuerdo
que aparece como una lámpara antigua
encendida en la memoria.
Una canción
que dice exactamente
lo que uno no sabía explicar.
A veces uno se pierde
porque la vida
está moviendo los muebles del alma
y al principio
todo parece fuera de lugar.
Las certezas cambian de sitio
los planes se vuelven preguntas
y lo que antes parecía definitivo
de pronto
solo era una estación de paso.
Y uno aprende
despacio
a convivir con eso.
Aprende que no todo tiene respuesta inmediata
que hay caminos
que se revelan solo después de caminar mucho.
Que hay verdades
que llegan tarde
pero llegan más firmes.
A veces uno se pierde
cuando alguien se va
cuando un sueño cambia
cuando una puerta se cierra
sin explicación.
Y durante un tiempo
uno camina así
como quien busca algo
que no sabe exactamente cómo nombrar.
Pero la vida
que tiene una paciencia extraña
siempre deja pequeñas señales.
Una idea que vuelve
un deseo que insiste
una esperanza diminuta
que se niega a desaparecer.
Entonces ocurre algo silencioso.
Uno empieza
muy despacio
a encontrarse otra vez.
No de golpe
ni con fuegos artificiales.
Sino como vuelve la luz
cuando amanece.
Primero apenas
una claridad tímida
en la orilla del cielo.
Después
los colores.
Después
la certeza de que el día
sí
está comenzando.
Y uno entiende algo
que antes parecía imposible:
que perderse
no era el final del mapa.
Era el momento
en que la vida
estaba dibujando
un camino nuevo.
Uno más real
más humilde
más propio.
Porque a veces
solo cuando dejamos de saber exactamente quién somos
empezamos
por primera vez
a descubrirlo.
Y entonces
con un poco más de calma
con algunas cicatrices nuevas
y con la mirada más despierta
uno sigue caminando.
No porque tenga todas las respuestas.
Sino porque ahora sabe
que incluso en medio de las dudas
la vida
todavía
tiene caminos
esperando.
-
Autor:
Naschbel (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 21 de marzo de 2026 a las 14:43
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 1
- En colecciones: Cotidianidades.

Offline)
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