Felicidad—Día de la Felicidad (20 de marzo)

Efrain Eduardo Cajar González

I
No llega como trueno que desgarra
ni como luz que impone su razón;
se acerca leve, casi imperceptible,
como quien no reclama atención.
La felicidad no grita su presencia,
ni exige trono, nombre o dignidad;
se instala en lo pequeño de los días
y en lo sencillo encuentra su verdad.

II
A veces vive en una risa breve,
en un instante claro al respirar;
en el silencio amable de la tarde
o en una voz que invita a descansar.
No siempre es júbilo desbordado,
ni fuego intenso que arde sin final;
es más bien calma que sostiene el tiempo
y hace al momento digno de habitar.

III
No se persigue como meta fija,
ni se conquista con severa ley;
no es premio dado al fin de la batalla
ni corona que se impone al rey.
Quien más la busca suele no encontrarla,
quien menos la retiene, más la ve;
pues huye del afán desmesurado
y vive donde el alma aprende a ser.

IV
Habita en la presencia compartida,
en la mirada honesta de un querer;
en manos que se encuentran sin motivo
y en voces que no temen sostener.
La felicidad no necesita
de grandes gestos para florecer;
le basta con un vínculo sincero
y un tiempo donde el otro pueda ser.

V
No es ausencia de sombra ni de pena,
ni vida libre de dificultad;
es más bien una luz que se mantiene
aun cuando el mundo pierde claridad.
Porque no niega el peso de la vida,
ni intenta al dolor desdibujar;
convive con lo frágil y lo humano
y aprende en medio de ello a respirar.

VI
Se encuentra en lo que damos sin medida,
en el acto sencillo de entregar;
en el instante en que olvidamos todo
y dejamos al otro habitar.
No hay gozo más profundo ni más limpio
que el de poder sincero acompañar;
pues en la entrega el alma reconoce
la forma más auténtica de amar.

VII
También descansa en la labor cumplida,
en lo que el día logra construir;
en manos que trabajan con sentido
y encuentran en su hacer un porvenir.
No es solo sueño ni fugaz descanso,
también es fruto del constante andar;
la paz que brota cuando lo vivido
encuentra en uno mismo su lugar.

VIII
A veces se esconde en la memoria,
en lo que fue y no vuelve a suceder;
pero no como pena que se aferra,
sino como un reflejo del querer.
Recordar puede ser también consuelo
si no se convierte en retener;
pues en la gratitud por lo vivido
la felicidad vuelve a renacer.

IX
No necesita siempre compañía,
ni teme al silencio ni al estar;
pues quien la encuentra en su interior profundo
no depende del mundo para estar.
Hay una forma íntima de dicha
que no se muestra fácil al mirar;
pero quien logra habitarse en calma
descubre en sí un lugar para descansar.

X
No se sostiene en lo que poseemos
ni en lo que el tiempo pueda arrebatar;
lo externo cambia, cae o se disuelve,
y nada en ello puede perdurar.
La felicidad no es lo que tenemos,
sino la forma en que sabemos ser;
la manera en que el alma se dispone
a lo que el mundo tenga por ofrecer.

XI
Así camina entre lo cotidiano,
sin imponerse, sin necesidad;
no exige perfección ni resultado,
solo presencia, entrega y claridad.
Y quien la acoge en lo que es y tiene
no necesita más para habitar;
pues en lo simple encuentra su sustento
y en lo vivido aprende a perdurar.

XII
La felicidad no es un destino,
ni un punto fijo al cual llegar;
es un camino hecho de instantes
que el alma aprende a reconocer y amar.
Y en cada paso donde hay conciencia,
en cada gesto que se da en verdad,
vive esa forma leve y persistente
que llamamos, sin ruido… felicidad.

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