La niñez huyó de ella
cuando más falta le hacía.
No hubo despedidas,
ni juguetes olvidados en mitad de la tarde,
solo una prisa extraña
llenando los días
de responsabilidades
que no entendía.
Mientras otros niños corrían,
ella aprendía a quedarse,
a sostener silencios en la mesa,
a obedecer sin preguntas,
como quien ocupa un lugar
que no le pertenece.
En aquella casa
todo parecía en orden:
los platos a su hora,
las puertas cerradas,
las palabras justas.
Pero algo faltaba.
Entre órdenes,
ausencias
y una distancia sin nombre,
se fue borrando, despacio,
el derecho a ser niña.
Creció en lo que parecía un refugio,
una jaula suave,
una cárcel de terciopelo
donde todo estaba dispuesto
menos la libertad.
Y así llegó a la adolescencia
con un peso invisible,
demasiado antiguo:
en la mirada,
un cansancio callado,
de esos que no se nombran
pero lo atraviesan todo.
Durante años caminó con ella,
confundiendo el peso
con la forma de vivir.
Hasta que un día,
casi sin darse cuenta,
alguien se sentó a su lado
sin hacer preguntas.
No traía promesas
ni soluciones,
solo un gesto sencillo,
la mano abierta,
y la posibilidad de elegir.
Entonces comprendió
que la vida también le pertenecía.
Aprendió a decir su nombre
sin miedo,
a reconocerse en el espejo
sin bajar la mirada,
a dejar atrás lo que dolía
sin convertirlo en destino.
La vida empezó, por fin,
a parecerse a un lugar habitable.
Amó,
cuidó,
construyó un hogar
donde el silencio
ya no dolía.
Y al fin,
sin ruido,
dejó aquel peso
en la cuneta del pasado,
para seguir andando
más ligera,
más libre,
más ella.
José Antonio Artés
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Autor:
José Antonio Artés (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 19 de marzo de 2026 a las 19:22
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
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