LA LEYENDA DE LOS CHARCOS
Ay de los charcos que se forman de la lluvia
Charcos, charquitos y charcotes
creando un barniz acuoso de salutíferas iridiscencias. Estos charcos, entre grandes y pequeños, casi siempre condenados a las esquinas de las aceras: son portales. Míticos espejos, cuyos fieles reflejos retratan sin chistar la forma que tiene el mundo. Formas que se retraen y se expanden, diseminandose por toda la lente. Este reflejo tiene un sonido nítido, tan claro como aquello que refleja, que cuando los colores vuelven a mezclarse en un íris inconfundible, parecen cristales tintineando tan solo con el roce de mis yemas.
Tan luego me arrodillo y poso mi oreja como si de un caracol se tratase, una cascada brota de mi otra oreja y escucho al reflejo que me pide mirar en su interior. Entonces, miro que miro y, como portales que se han abierto sobre el asfalto, de los charcos brotan tallos largos como lenguas de marfil. Todo se viste de un mármol eximio, diáfano: sin mácula alguna. Atrincherado contra esta feria de corales, en cada paso mío se enciende una luz que suena. Me tiro al piso y miro cejijunto una jitanjáfora que me ríe y me habla en un idioma que solo la infancia intuye.
Abro los ojos, y en el reflejo acuoso, alguien me mira con desenfado; pero ese soy yo del otro lado, y luego soy yo también del otro lado. El agua suena sobre mis manos, la agito salvaje y me voy.
Después de todo este azar, los charcos se me presentan como espejos de mano. Dispuestos a que siempre los contemple, como el juego de aquel otro lado de la cerradura.
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Autor:
Mario (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 19 de marzo de 2026 a las 16:05
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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